Errores y aciertos de una vuelta a casa

Homeland” fue la gran triunfadora en los pasados premios Emmy. Con tan sólo una temporada en emisión ha desplazado del Olimpo de la mejor serie dramática a la todopoderosa “Mad Men” (ganadora en las 4 ediciones anteriores) y batido a rivales como el universo transmedia convertido en fenómeno de masas “Juego de Tronos”. Y no sólo se ha impuesto como mejor serie, también en las categorías de mejor guión y en las interpretaciones principales con sus dos protagonistas.

Una decisión, para muchos profesionales del guión, polémica…

La verdad es que “Homeland” es un poco como tu equipo de fútbol, como los hermanos, como un concierto de Bob Dylan… a veces te da alegrías enormes y otras te sacan tanto quicio que te dan ganas de renegar de ello. Yo he pasado grandes momentos viendo la serie, he tenido que cambiar planes para apurar otro capítulo más antes de salir de casa o luchar contra el sueño y la amenaza del despertador al día siguiente acostándome más tarde de lo previsto; pero también me he pillado rebotes dignos de Fernán Gómez ante un seguidor pesado… y eso da que pensar.

En mi opinión, lo peor de “Homeland” es la motivación de sus personajes. En cada momento de la temporada en que Brody o Carrie tienen que tomar una decisión que les puede cambiar la vida, en la que todo su trabajo o aquello en lo que creen se puede ir al traste… para mi es como si un tren descarriase, muriesen todos los pasajeros y se incendiara el bosque en que tuvo lugar el accidente.

Vamos con unos ejemplos:

Carrie está desde el principio convencida de que Brody es el agente doble del que le advirtieron años atrás: se lo dice su instinto, que nunca le ha fallado. Ello hace que arranque la trama y se dispare la acción de la serie. Tras unos cuantos capítulos, ella ha llenado la casa de él de cámaras para espiarle 24 horas al día, le realizan seguimientos y escuchas… y no ha encontrado ninguna pista de que su corazonada sea cierta. En lugar de dar su brazo a torcer, reconocer que se ha podido equivocar y dejar de poner en peligro su empleo y su vida (Ya que incumple un buen montón de leyes haciendo lo que hace), Carrie se empeña de manera antinatural en seguir su intuición y confiar en la palabra de un terrorista que le contó un secreto antes de morir en lugar de hacer caso a un pobre marine que ha pasado un calvario durante 8 años de torturas en Irak y al que estás viendo comportarse bien día tras día…

Esto, es sencillamente increíble. Pero si no lo haces así, no hay serie…

¿Cómo se lo montan los guionistas para que nos lo traguemos? Fácil, dando al espectador más información de la que tiene Carrie. Nosotros si vemos a Brody rezar en el garaje y sabemos que se ha convertido al Islam; nosotros si vemos los reveladores flashbacks de su cautiverio… El mago hace el truco y el público aplaude; todo perfecto. Pero de camino a casa tras la función, muchos de los asistentes al espectáculo caen en la cuenta de cómo ha hecho su ilusión y ponen esa cara de estar oliendo un pedo mientras piensan: “Ehhhh… un momento”.

Para mi esto funciona a corto plazo. Cualquier razonamiento serio desbarata la forma de actuar de Carrie y te despega emocionalmente de ella. Como sabemos que Brody es malo, aguantamos lo que ella hace en lugar de pensar: “Oye, esta zorra desconfiada lleva más de una hora viendo cómo esos dos follan y luego recogen los añicos de su destrozado matrimonio”. Porque la clave del Personaje de Carrie es que es mala; eso la hace grande y creíble, el ser una espía de verdad que hace las cosas horribles que hacen los espías en nombre de la seguridad nacional y el bien común. A mi, por lo menos, es lo que más me atrae del personaje.

A la pobre Carrie se le va la pinza si no toma su medicación.

Esta obsesión de Carrie por la culpabilidad de Brody es una suerte y una maldición para los guionistas. Suerte porque te permite avanzar la trama a pesar de las pocas pruebas: si ella no fuese tan obstinada, no terminaría encontrando resquicios de los terroristas con los que seguir su investigación. Maldición porque cuando esa actitud se dirige a Brody tienen que conseguir que no lo atrape cuando todo pinta que lo atraparán. Estoy pensando en el suicidio del carcelero de Brody: Tienes a un tío en una habitación vigilado, sólo han entrado 4 personas allí y no se sabe cómo alguien le pasa una navaja a ese tío para que se suicide. Si Carrie está tan segura de que Brody es malo y sabe que es uno de las 4 personas que tuvo contacto con el suicida, nada en este mundo le haría abandonar esa línea de investigación (recordemos que ha estado semanas vigilando sin éxito y no ha cambiado de opinión sobre él). Sin embargo unas pruebas de polígrafo poco concluyentes y en las que ella sabe que él está mintiendo le bastan para dar el asunto por zanjado… en fin.

Mención aparte merece el aspecto personal de Carrie. El hecho de que mantenga un breve romance con Brody es de las cosas que se me hicieron más cuesta arriba de toda la temporada. Al principio pensé: “Bien por ella, otro paso al frente; está dispuesta a lo que sea por atraparle. La información que no obtiene vigilando la conseguirá estando con él”, pero poco después compruebo decepcionado que no, que simplemente va y se cuelga por él llegando al punto de la obsesión. Si lo analizas fríamente ves que hay cimientos puestos para construir esa historia (Ella es bipolar y se le va la pinza sin su medicación, se siente muy sola y arrinconada, se consideran almas gemelas, lo conoce bien de espiarlo, su mundo se desmorona, etc.) pero no te la crees. Los cimientos puedes estar bien, pero el terreno sobre el que descansan no es sólido… algo así, teniendo en cuenta cómo es Carrie, sería una cuestión de piel: no puedes acostarte y sentir atracción por el tipo al que consideras el mismo demonio.

Brody y su rictus de ambigüedad ¿Nos miente o dice la verdad?

Pasamos a Brody. Un personaje mucho más complejo y rico que la mayoría de los que se ven en TV; tanto, que ese es precisamente su problema: Ese hombre ha pasado por tanto en los últimos 8 años (una guerra, un cautiverio, torturas, lavado de cerebro, asesinar con tus manos a un compañero y amigo, adoctrinamiento religioso y fundamentalista, rescate, vuelta a casa, desconexión con la familia, sentirte fuera del mundo al que pertenecías, enterarte de que tu mejor amigo se acuesta con tu mujer, verte convertido en un fenómeno informativo, que te utilicen como símbolo político, codearte con los dirigentes del país, etc.) que a mi a veces lo único que me interesa de la serie es sentarme a ver cómo coño digiere todo eso, la vuelta a casa en estado puro. Los espías, traiciones y terrorismo me dan igual… sólo quiero ver a ese tío salir adelante, que ya es bastante.

A pesar de esto te metes en la trama de espías y disfrutas con sus dudas, lo pasas mal cada vez que engaña a los buenos, te enterneces viéndole luchar por su familia, te esperanzas con que retome el buen camino y crees comprender que alguien que pasa por semejante tortura puede ver su personalidad destruida por completo.. para esa altura de la serie llegas a creerte que algo así puede pasarle a un tipo normal, que se puede cambiar de bando de esa manera. Y ahora que no hacía ninguna falta explicarte nada más van y se sacan un flashback para que entendamos perfectamente la mente de Brody y su odio hacia EE.UU: Resulta que el astuto terrorista jefe, para terminar de captar a Brody, lo deja al cuidado de su hijo pequeño, con el que crea un vínculo especial (Venga ya…), resulta que el colegio del niño es bombardeado por aviones yanquis una mañana y mueren todos los pequeños, incluido el pequeño amigo de Brody (Vaya por Dios…), resulta que el Vicepresidente de los EE.UU. niega la noticia en TV y dice que es propaganda terrorista (Esto si es más creíble, pero un marine debe estar acostumbrado a mentiras de este tipo, véase “Generation Kill), y resulta que eso hace que Brody vea la luz y comprenda que su gobierno es muy malo malísimo (Babuffff)…

¿Qué queréis que os diga? Lo único que les concedo al respecto es que para nuestra mentalidad europea escéptica, madura y curtida en mil batallas resulta ridículo el estar tan ciego respecto a lo que hace un Gobierno y los políticos, y sin embargo para un estadounidense patriótico hasta la enfermedad, con la fe eterna en América y sus valores sumado a no conocer mundo y la inocencia de la poca Historia que tienen, si que podría suponer un palo más grande descubrir que le mienten de esa manera… Aun así, uno se va a la puerta del Congreso con pancartas, o a la tele a ver si te hacen caso… no te forras de dinamita y te autoinmolas matando a cientos de inocentes y convirtiéndote en aquello que odiabas.

La obsesión por el trabajo, o cuando tu trabajo es obsesionarte…

Y a pesar de este tipo de fallos, la serie tiene muchísimo bueno. A nivel de guión la construcción de cada capítulo es excelente, se alcanzan grandes cotas de tensión alternada con momentos de ternura, consigue ser innovadora en muchos temas, los giros del argumento de los últimos capítulos de la temporada son potentísimos y sorprendentes, y podría seguir así un buen rato.

Entiendo estos “fallos”: los entiendo porque para la gran mayoría del público pueden pasar desapercibidos, porque los acontecimientos van demasiado rápido y hacen que no te fijes, porque de lo que un guionista quiere hacer a lo que se emite hay un mundo de diferencia, porque se trata de pedirle mucha profundidad de personajes a un producto más bien de entretenimiento, porque en definitiva quizá den más de lo que quitan… entiendo estos fallos y tal vez me plantee usarlos más a menudo en mis guiones.

¿Qué pasa, creíais que esta era una entrada para rajar de la serie? No hombre, eso se lo dejo a los críticos… haber leído bien el título.

Hasta que nos leamos.

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Grandes malas actuaciones 2

Seguimos con el post de hace un par de días. Para cerrar este curioso apartado de películas, valgan otros cuatro ejemplos:

 

– Balas sobre Broadway (Bullets over Broadway, 1994)

Iba a ser complicado dejar fuera de esta lista a Woody Allen. El genial cómico newyorkino ha protagonizado en más de una ocasión alguna gran mala actuación (En general, siempre que sus neuróticos e inseguros personajes pretenden hacerse los duros o aparentar delante de una chica o una situación complicada…) pero yo voy a quedarme con el caso de Jennifer Tilly en “Balas sobre Broadway”.

Tilly interpreta a Olive Neal, la joven amante del ganster Nick Valenti. Como quiera que Valenti es el que paga la obra de teatro que está montando el protagonista (David Shayne, interpretado magistralmente por John Cusack) y Olive es bailarina de cabaret… pues ella acaba teniendo un papel en la obra por imposición del mafioso. Esta sencilla trama genera infinidad de gags y problemas al protagonista, muchos de ellos centrados en la incapacidad absoluta de Olive para actuar. Tilly consigue mezclar perfectamente una desagradable voz de pito, con unos andares y poses barriobajeras que sacan de quicio al espectador más benévolo. Ello, sumado a los textos de Allen y a la impertinencia del personaje, dio como resultado un papelón merecedor de la candidatura al Oscar.

 

Agárralo como puedas (The naked gun, 1988)

Como no sólo de falsos malos actores puede vivir esta lista, he decidido incluir algunos ejemplos de otro tipo. Cierto es que son siempre comedias las que nos brindan esta clase de situaciones, pero hay ejemplos de cómo un supuesto tipo corriente mete la pata hasta el fondo cuando se enfrenta al reto de hacer algún tipo de expresión artística.

Este es el caso del sufrido teniente Frank Drebin (el papel que inmortalizó para siempre a Leslie Nielsen), el policía más torpe y desastroso que se ha podido ver en una pantalla de cine. No es obligatorio que los actores sepan cantar, pero casi todos suelen hacerlo más o menos bien. Lo que es menos habitual es que algunos, como Nielsen en este caso, sepan cantar mal tan bien… todo un arte que el actor canadiense supo poner en práctica con brillantez a la hora de interpretar el himno nacional de EE.UU.

 

American Pie 2 (American pie 2, 2001)

Y es que eso de ponerse delante del público es un trago duro para la gente corriente. Y si no que se lo digan al pobre Jim Levenstein (un Jason Biggs jovencísimo y que ya demostraba sus dotes para la comedia) cuando se ve accidentalmente en el escenario del campamento musical y teniendo que tocar el trombón ante decenas de personas. Esta famosa escena de “American Pie 2” nos demuestra cuanto peso recae en ocasiones sobre un actor. Lo que en el guión debía ser una simple frase más o menos como ésta: “Jim toca el trombón y baila ridículamente ante un atónito público”, se convierte gracias a Biggs en 5 minutos repletos de comicidad y uno de los momentos más memorables de la película. 

 

Mentiras arriesgadas (True lies, 1994)

La cinta dirigida por James Cameron (Si, antes de “Titanic” hizo cosas muy chulas…) supone, quizá, la cumbre del género que inmortalizó a Schwarzenegger: La comedia de acción o acción cómica. En la película hay un momento memorable de gran mala actuación y no es otros que el inolvidable striptease de Jaime Lee Curtis. La Curtis no sólo consiguió dejar de ser “la chica graciosa y feucha” que era hasta entonces, sino que logra una actuación impecable en la que pasa de ser un cervatillo asustado y torpe a una pantera en celo en sólo 7 minutos… y para colmo, el baile contiene conflicto (la caída del micro, resuelta de maravilla) y humor (vaya hostia que se pega, la pobre)… Chapeau.

 

Y con esto dejamos el repaso de grandes malas actuaciones. Como siempre, os invito a aportar las que se os ocurran a vosotros.

 

Hasta que nos leamos.

Grandes malas actuaciones 1

El cine es exposición al 100%. El trabajo de todos los implicados en la realización de una película se ve sometido al constante e implacable veredicto de público, críticos, inversores y fanáticos. De entre todos los posibles crucificados, los actores son los que van a pecho descubierto y se llevan el primer gran aluvión de valoraciones.

La industria de Hollywwod, sabia como pocas, supo reaccionar en su momento y creó una gran cantidad de organismos y eventos mediante los que controlar en cierta medida, los juicios de valor sobre las películas. Comenzando por los Premios de la Academia, encargados de elegir a los mejores del año en numerosas categorías, y llegando hasta los Razzies, su equivalente para los peores del gremio. Entre medio, festivales y publicaciones especializadas de todo tipo.

Pero nunca nadie se ha parado a valorar una curiosa categoría, un extraño fenómeno que se produce de tanto en cuanto por exigencias de algún original guión y que obliga al actor a realizar una peripecia harto complicada. Me estoy refiriendo a las contadas ocasiones en que se le pide a un actor o actriz que actúe mal queriendo

Como homenaje y reconocimiento a algunos interpretes que bordaron esa difícil tarea, he elaborado un pequeño listado con actuaciones memorables.

El crepúsculo de los dioses (Sunset Bulevard, 1950):

Una de las obras maestras del genial Billy Wilder y todo un clásico del séptimo arte. La actriz protagonista (Gloria Swanson) interpreta a Norma Desmond, una vieja gloria del cine mudo que vive encerrada en su mansión de Sunset Bulevard y lucha en vano contra el paso del tiempo y el olvido del público. Durante toda la cinta podemos ver fragmentos de antiguas películas protagonizadas por Norma, y en ellas nos llama muy mucho la atención la manera de actuar propia de los inicios de la cinematografía. La Desmond fue de las más grandes actrices de la época (Una Greta Garbo ficticia) pero no supo evolucionar al ritmo de la industria. En la película, Wilder nos presenta a una mujer loca, posesiva, excesiva en todo lo que hace… y esos defectos se trasladan a su forma de actuar. Cuando ofrece a su joven gigoló (William Holden, en una de sus muchas colaboraciones con su gran amigo Wilder) alguna muestra de sus artes interpretativas, Gloria Swanson consigue una “actuación de la actuación” realmente grotesca; el desvarío gestual de una enajenada que provoca al espectador una sensación que queda a medio camino entre la lástima y la repulsión.

Esa mirada afilada, esa mueca espectral, esas manos embrujadas… hacen de la mala actuación de Norma Desmond la mejor actuación de Gloria Swanson. En la retina de todo el que la haya visto y en los libros de historia cinematográfica quedará para siempre la escena final, en la que baja por la escalera para entregarse a la policía.

Ed Wood (Ed Wood, 1994).

Este biopic dirigido por Tim Burton nos cuenta la vida del considerado peor director de la historia de Hollywood. Con este material no es de extrañar que la película aparezca en esta entrada… durante todo el film, nos narra las peripecias de Wood para sacar adelante sus bizarras producciones y, como no podía ser de otra forma, Burton aprovecha para recrear en clave de humor los rodajes de éstas.

Martin Landau, interpretando a un decrépito y moribundo Bela Lugosi, y el resto de actores consiguen una maravillosas malas actuaciones cuando se ponen delante de la cámara de Ed Wood. Es de destacar lo bien que se le da el asunto a Lisa Marie, la por entonces esposa de Burton, que en la película interpreta a Vampira y que años más tarde nos volvió a dejar otra mala actuación en “Mars Attack”, interpretando al inolvidable marciano que se cuela en la Casa Blanca disfrazado de una humana atractiva y “masca chicle” con una manera muy poco natural de caminar.

Cantando bajo la lluvia (Singin´ in the rain, 1952).

La considerada por muchos mejor película musical de todos los tiempos y una de las más grandes historias sobre cine jamás contadas contiene también alguna memorable mala actuación entre sus fotogramas. Stanley Donen y Gene Kelly tenían muy claro que su cinta no debía quedarse en una mera sucesión de números de baile y por ello armaron una trama especialmente brillante, ambientada en los difíciles años del paso del cine mudo al sonoro.

En ella, la compleja papeleta de actuar mal le toca a Jean Hagen, que interpreta a Lina Lamont. Lina es la estrella femenina del momento, la compañera de reparto de Don Lockkwood (Gene Kelly) en la película que están grabando. Lina es una estrella del mudo pero un desastre en el sonoro: su voz de pito y su torpeza recitando texto hacen de ella una actriz desastrosa. Hagen borda el papel de mala actriz, orgullosa y caprichosa, pero en realidad era una excelente intérprete. Tanto es así que, mientras en la película a su personaje le dobla hablando y cantando el personaje de Debbie Reynolds, en la vida real fue Hagen quien dobló las canciones que Reynolds interpreta en “Cantando bajo la lluvia”.

Además de la falsa mala actuación, los directores nos regalan un sinfín de gags explicando la cantidad de cosas que podían salir mal a la hora de captar el sonido en aquellas primeras películas con voz.

– Friends (Friends, 1994-2004)

Siguiendo por la senda de la comedia, me gustaría hacer mención a un caso especial que se da en la serie “Friends”. Esta, ya mítica, sit com sobre seis treintañeros de Nueva York ha supuesto una de las cotas más altas alcanzadas jamás en la historia de la comedia televisiva, encandilando a crítica y público durante diez años seguidos y convirtiéndose en referente mundial de la forma de escribir series de humor.

En ella, uno de los protagonistas es actor. Joey Tribbiani (Matt Leblanc) es un guaperas que trata de abrirse hueco en el mundo de la interpretación sin terminar nunca de lograrlo, básicamente porque es muy malo. Temporada tras temporada los guionistas han tenido la habilidad de explotar ese filón con continuas muestras del mal hacer de Joey ante las cámaras. Leblanc consiguió construir un personaje incapaz de construir ningún personaje, un actor monomatiz cuya gran valor consistía en poner cara de interesante pensando en que olía un pedo (¡Tremenda explicación, aquella!).

Enumerar la lista de grandes malas actuaciones de Joey Tribbiani nos llevaría demasiado tiempo, así que os dejo con un glorioso duelo interpretativo contra Gary Oldman (quien por cierto se ríe de sí mismo y de su habitual sobreinterpretacion).

 

En breve continuaremos con algún otro ejemplo de grandes malas actuaciones.

Hasta que nos leamos.

La importancia de los nombres

Los nombres tienen poder, eso es algo que cualquier iniciado a la magia y todos los atentos lectores de Neil Gaiman saben bien (Es una de las muchas enseñanzas que el autor británico esconde cuidadosamente por las páginas de sus comics y novelas. Recomiendo encarecidamente su lectura a todos los que no lo conozcan).

La primera vez que me di cuenta del poder de los nombres fue hace poco más de cuatro años, justo cuando la selección española de fútbol ganaba la Eurocopa de Austria y Suiza. Hasta ese campeonato nuestro equipo no había tenido un nombre oficial con el que mencionarles, apoyarles, bendecirles o maldecirles según la ocasión, etc. Históricamente se le había calificado con apelativos  (como “La furia española” referenciando el saqueo de Amberes) poco acordes al fútbol practicado por nuestros chicos, o con el nombre de un grupo de jugadores concretos (tipo “la quinta del buitre”) generalmente de un mismo equipo.

La solución era bien fácil, tan obvia que parece increíble que tardásemos 88 años en darnos cuenta. Sólo había que echar un vistazo a nuestros rivales para caer en la cuenta: Francia eran “Les Bleus”, Italia “La azurra”, Argentina “La albiceleste”, Holanda “la naranja mecánica”, Brasil “La Canarinha”… ¡La clave para el éxito futbolístico consistía en denominar al equipo nacional por el color de su camiseta!

Y entonces llegó La Roja.

Los nombres tienen poder y nuestra selección, al ser bautizada por Luís Aragonés como “La roja”, alcanzó la excelencia futbolística y un logro nunca antes conseguido: empalmar las victorias de Eurocopa-Mudial-Eurocopa. Muchos esgrimirán argumentos banales como que debemos el éxito al talento de los Iniesta, Xavi, Casillas y compañía… no os dejéis engañar por ellos: nosotros sabemos la verdad.

El éxito personal también puede depender de un buen nombre frente a uno malo, lo hemos visto cientos de veces ¿Quién no recuerda al desgraciado perdedor Homer Simpson saborear las mieles del triunfo cuando se cambió su nombre por el de Max Power

¿Cuántos cantantes han tenido que buscarse un nombre falso para resultar más atractivo comercialmente? Desde el bueno de David Jones, que no vendía un disco ni a tiros hasta que cambió su apellido real por el mucho más glamouroso Bowie, a nuestro compatriota Alejandro Sanz, que en los inicios de su carrera trató de conquistar las listas de éxito bajo el imperial sobrenombre de Alejandro Magno

Como guionista debo tener mucho cuidado a la hora de escoger el nombre de mis personajes, quizá de ello dependa el devenir de sus vidas y, con él, de la historia que quiero contar. Creedme si os digo que sé de lo que hablo, tengo un estupendo guión sobre una trilogía de películas que narran una epopeya intergaláctica que ha sido rechazado mil veces sólo porque me dio por llamar a su protagonista Lucas Andacielos

La excepción: un mal nombre que llega lejos.

¿Y por qué os suelto todo este rollo? Muy sencillo, porque pensando acerca del poder de los nombres me he dado cuenta de que tenemos en nuestra mano la solución a la crisis de las narices: Dejemos de ser España.

Así de simple, así de contundente, así de sencillo… España es un país de segunda fila, acuciado por las deudas, con una pésima reputación internacional, sus políticos y banqueros son un atajo de ineptos y/o ladrones, sus sindicatos viven en el siglo XIX en lugar de en el XXI, sus empresarios no son capaces de mirar más allá de la cuenta de resultados del mes en que están, sus ciudadanos son dóciles ovejas adormecidas por unos medios de comunicación que olvidan su función social a medida que se embriagan con el elixir del poder… dejemos de ser España, pues. Cambiemos nuestro nombre con la esperanza de encontrar uno lo suficientemente bueno como para inspirarnos a sacar lo mejor que tenemos dentro ¿Quién sabe si con otro nombre a la Merkel le pareceríamos más dignos de confianza? ¿Y si las agencias de calificación de riesgo nos concedieran la AAA fascinados por el magnetismo de nuestra nueva denominación? ¿Y si en Londres, París o Berlín un joven que busca trabajo fuese bien considerado al decir con orgullo su nueva nacionalidad?

Si os gusta mi propuesta, difundidla a todo el que conozcáis, porque ahora queda lo más difícil: dar con el nombre adecuado… Os invito a escribirme con vuestras ideas para que entre todos elijamos un nombre a la altura de nuestro país. Da igual de donde os lo saquéis mientras sean un buen nombre ¿Qué digo bueno? Un nombre cojonudo… la madre de todos los nombres de países ¡Busquemos un nombre que sea la envidia de todas las demás naciones, un nombre tan bueno que Norteamericanos, Indios y Congoleños piensen por igual “¿Por qué coño no se me habrá ocurrido a mi?”.

Mi primer impulso fue proponer “Iberia”, por las claras connotaciones históricas y geográficas. Pero no me puedo resistir al encanto de un nombre de país digno de ser gobernado por el Dr. Muerte… para mi, nuestro país debería pasar a llamarse CROANIA.

Espero vuestras propuestas de nombres.

Hasta que nos leamos.

Crowdfunding de toda la vida

¡Que nos gusta un palabro nuevo! Es escuchar un término en inglés al gafapasta de turno y hacérsenos la boca agua a todos… la primera vez que lo oyes, pones cara de interesante mientras piensas para tus adentros: “¿De qué carajo me estará hablando éste?” y en cuanto nadie te mira, sacas el móvil y consultas en la wikipedia lo que significa. Eso si, ya se queda uno con la pistola cargada para soltarle el palabro al primer infeliz que se te cruce, haciéndote el sabiondo y forzando la situación hasta que el pobre desgraciado no tenga más remedio que confesar que no entiende lo que le estás diciendo…

Uno de esos palabros que más fuerza ha cogido en los últimos dos años es “Crowdfunding”, término inglés formado por los términos crowd (cuervo) y funding (fundiendo). O sea: fundiendo cuervos.

Estoooo… como iba diciendo, el término se compone de las palabras crowd (Multitud, grupo) y funding (financiación)… Lo siento, cosas del traductor simultaneo, que ha sido inmediatamente despedido.

O sea que el crowdfunding es la financiación en masa o colectiva. En cine, que es donde más se está explotando la técnica, esto significa que en lugar de buscarte un par de entes públicos o de inversores privados que asuman los costos de producción, divides éstos en una gran cantidad de pequeñas participaciones que ponen a disposición de todo aquel que quiera formar parte del proyecto. En resumidas cuentas, que miles de personas paguen unos pocos euros en lugar de que unos pocos paguen cientos de miles de euros.

No entraré ahora en los entresijos del crowdfunding, ni en porqué está tan de moda ni en cómo debe hacerse correctamente para obtener resultados positivos (en parte porque eso da para otro post y en parte porque no soy ningún experto en la materia. Si os interesa mucho el tema os aconsejo seguir a los chicos de el cosmonauta, proyecto español de referencia mundial en estos menesteres). Yo de lo que voy a hablaros hoy es de que esto que parece tan moderno, tan molón y tan original o novedoso, pues lleva haciéndose toda la vida.

Ejemplo 1: El músico semi profesional.

Paciencia, constancia y fe en uno mismo. Cualidades del músico principiante.

Este es un caso sintomático y de enciclopedia: hay un nivel de músico que se encuentra entre el profesional contrastado que vive de su arte y el perroflauta que va pidiendo por la calle para sacarse unos cuartos y pagar las litronas. Me refiero a todos aquellos que están “por descubrir” y tocando en bares, en el metro o en una plaza. Músicos humildes que apenas ganan dinero con su actuación y que suelen tener una maleta vieja con maquetas de dudosa calidad a un precio muy asequible, gente que a poco que recaude lo suficiente irá corriendo a grabar otra maqueta mejor o a comprar cuerdas para la guitarra…

Este tipo de artistas llevan décadas haciendo crowfunding sin saberlo, sin planearlo con antelación, de la forma más natural posible… Ellos ofrecen a colectivo numeroso (los clientes del bar, los usuarios del metro…) una propuesta artística (su música) y una propuesta comercial (financiar su música para seguir disfrutando de ella) proporcionando a cambio una pequeña recompensa (la maqueta en cuestión). Lo que viene siendo un crowdfunding de libro.

Ejemplo 2: La tómbola.

Ni la de Marisol ni la de Canal Nou ¡La tómbola del Lapicerdo!

Me viene a la cabeza mis años de estudiante en un colegio de los Jesuitas y como cada año se celebraba la fiesta del patrón: San Estanislao de Kostka, un noble polaco al que hicieron santo porque le mataron a golpes unos asaltadores de caminos cuando iba hacia Roma para hacerse cura (Se ve que ese año las candidaturas a santo estaban flojitas y no había mucho dónde rascar…).

En fin, que lo mejor de ese día de fiesta era la gigantesca tómbola benéfica que se montaba y en la que uno podía ganar una gran variedad de premios fantabulosos (en realidad eran una mierda, pero había una bicicleta y los chavales nos cegábamos con ella). Todos hemos estado en tómbolas y gastado dinero allí; si te paras a pensarlo, el planteamiento también es muy de crowdfunding: existe el componente de la pequeña participación (el ticket), el de la colectividad numerosa (el público asistente y especialmente los niños, un target muy fiel y muy consumidor) y el de la recompensa (el premio). Si bien existe una clara propuesta comercial, lo que falta aquí es el componente artístico (por mucho arte que tengan los feriantes del micro con sus frases hechas y su forma de venderte “el perrito piloto”).

Ejemplo 3: El fiestón.

Una fiesta como Dios manda: con su gordo del sombrero mejicano y la policía cortando el rollo.

Eres joven, se acerca tu cumpleaños, tienes ganas de liarla, tus padres no están en casa… pero no tienes un euro ¿Qué haces para salirte con la tuya? Crowdfunding. Se le cuenta a todos los amigos y conocidos el plan y se les vende como la mejor fiesta jamás organizada (éste sería el proyecto. En lugar de arte se ofrece una experiencia sensorial inolvidable y, lo que es más importante, la oportunidad de pillar cacho…). Pero para ser del selecto grupo elegido hay que colaborar en la financiación; a dónde uno sólo no llega, entre todos si es posible. Tenemos otra vez la pequeña participación (los chavales no suelen pasar de los 5 o 6 euros por barba), el colectivo (amigos y conocidos) y la recompensa (el ciego, ligar, etc.).

Este ejemplo adolescente y hormonado se puede trasladar a edades más adultas con un concepto tan clásico como es el “pagar a escote”. Si unas parejas estan cenando en un buen restaurante y a uno le apetece darse el capricho de beber un vino de calidad pero excesivamente caro, no pasa nada: se lanza la propuesta comercial y entre varios se consigue la financiación… en este caso la recompensa es meramente placentera (beberse el vino) y el colectivo más reducido, pero los planteamiento siguen siendo los mismo.

Como estos tres ejemplos hay muchos más, seguro que a vosotros mismos ahora se os ocurren varios distintos. El caso es que al final todo está inventado y que, como nos explican siempre a los guionistas “Las historias ya han sido contadas, la originalidad reside en el enfoque y  punto de vista con que la narres”.

Evidentemente, estos ejemplos no cumplen todos los parámetros de la financiación colectiva, pero si que son unos buenos antecedentes de ésta; una muestra de que para crear algo nuevo hay que analizar lo que existe previamente, tomar las cualidades o características más interesantes para tu negocio y mezclarlas con alguna nueva idea que le otorgue originalidad. En el caso del crowdfunding este hecho novedoso reside en saber hacer partícipe al pequeño financiero de las decisiones creativas y de negocio que surjen en el proyecto. El poder que no le otorga una gran compañía a sus accionistas minoritarios si se lo da el productor de la película a aquellos individuos que le ayudan a costearla. Las formas, como siempre, son muy variadas (Desde capacidad de opinión en diseños al aporte de ideas en cualquier fase de la producción).

Ésta y no otra es la gran novedad del crowdfunding y lo que la enmarca en la línea de movimientos de lo que se conoce como el nuevo audiovisual (Social TV, interactividad con el público, transmedia, gamificación, etc.)

Por mi parte, poco puedo añadir sobre el tema; tan sólo queda aplaudir la originalidad y el oportunismo de aquella mente privilegiada que inventó el “fundiendocuervos”.

Hasta que nos leamos.

Nazis, nazis y más nazis…

Hoy quiero inaugurar las encuentas del blog. En adelante irán surgiendo temas y preguntas de los más retorcidas pero, como no quiero abrumaros tan pronto con los delirios de mi mente esquizoide, por ser la primera vez vamos a comenzar con un asunto fácil, atractivo y que puede das bastante juego:

Hasta que nos leamos.