La ley del spoiler

spoiler-monkey

El diablo, Drácula, Darth Vader, Monty Burns… la humanidad siempre ha tenido terribles archienemigos, seres hechos de pura maldad cuya mera mención sirve para atormentarnos e inundar nuestras noches de pesadillas. El último en unirse a esta interminable lista es el ¡¡SPOILER!!

A estas alturas casi todo el mundo se ha comido un spoiler al menos una vez en la vida. Y es que esto de reventarle el final de una historia al prójimo es algo viejo, sólo que ahora está viviendo una segunda juventud. El spoiler de toda la vida tenía algo bueno y es que, como Paquirrín o Leticia Sabater, era de corto alcance… uno podía joderle la marrana a un amigo o un familiar en una conversación, como mucho podía soltarlo en medio de una cena y que el radio de acción de la bomba afectara a cuatro o cinco personas, poco más. Además, el spoiler vivía de forma parasitaria en un tipo concreto de personas, creando una relación simbiótica muy particular. Para soltar un spoiler había que ser muy consciente de ello; el personajillo que lo hacía tenía un cariz de mala baba, de gracioso sin gracia, de rencoroso que te tenía una guardada desde hace tiempo. Eso si, el spoiler marcaba a su hacedor con una letra escarlata que lo identificaba como un apestado social, como alguien al que mantener a cierta distancia prudencial… esto es así. De hecho, cada vez que vayáis al cine y veáis a alguien que acude a ver la película sin compañía, no penséis: “que tipo tan sofisticado, no le importa ir al cine solo”, pensad mejor: “cuidado con ese, seguro que el hijoputa le contó el final de El sexto sentido a todo el que pudo”.

Bueno, estaban los cabritos y luego estaba Homer…

Pero el asunto de los spoilers se volvió incontrolable de la mano de Internet y las redes sociales. Lo que antes era un graciosete más o menos manejable se convirtió en una legión de blogers, trolls, haters e hijosputa varios dispuesto a reventar cualquier hito importante de toda peli, serie, libro, cómic, etc. Amén de los Homers de la vida que no se enteran de que sus cuentas de facebook, twitter o instagram son ventanas abiertas al mundo.

Y con la era virtual llegaron varios problemas más:

En primer lugar, la atemporalidad. El spoiler se convierte en algo capaz de sobrevivir hasta el fin de los tiempos. Si alguien quiere, en este 2014, informarse sobre “The Sopranos” para ver si realmente merece tanto la pena ver la serie es fácil que simplemente mirando un poco en google se cruce con una pista o crítica feroz sobre el final de la historia… Si, tío, aquello te traumatizó ¡Pero sé un hombre y supéralo en lugar de joderle 86 maravillosos episodios al prójimo!

En segundo lugar el alcance. Uno ya no puede contener el spoiler avisando a sus amigos o no leyendo a sus conocidos; cualquier “me gusta”, retweet o mención puede hacer que un tipo de arkansas al que no conoces de nada te reviente tu serie favorita. Ante esto sólo puede ponerse un remedio, la abstinencia total de las redes sociales… y la verdad es que, con lo enganchadetes que estamos, eso es algo chungo de lograr.

También está el tema del postureo. Spoilear se convierte en una forma de conseguir notoriedad, es como escribir en tinta invisible: “Yo ya lo he visto, sé lo que pasa… y tú no”. Se establecen dos categorías: el spoileador y el spoileado (aka vencedor y vencido) y se crea una escalada de violencia revienta finales, una guerra preventiva de la información en la que la máxima es “cuenta antes de que te cuenten”.

Otro problema añadido es el “ingenio colectivo”. Las redes sociales generan en nuestro interior la necesidad de demostrar al mundo lo graciosos o creativos que somos, así que si sucede un acontecimiento en una de las ficciones de moda se genera un terreno propicio para que nos luzcamos. Aquí es cuando comienzan a aparecer los comentarios irónicos y con segundas o los juegos de palabras sobre el spoiler (ese mencionar sin decir tan dañino); para mi los que hacen esto son los “calienta braguetas” de la red, te ponen tontorrón pero al final te dejan a dos velas… ¡Si vas a spoilear, por lo menos ten la vergüenza de ir de frente, macho!

El colmo del asunto: que la propia cadena spoilee a sus seguidores.

El colmo del asunto: que la propia cadena spoilee a sus seguidores.

Mención aparte merece cuando comienzan a aparecer memes, fotomontajes, vídeos, parodias y demás sandeces que proliferan a la misma velocidad que los hinchas del Atlético en este 2014… Seamos sinceros, el video de reacciones de la boda roja era muy gracioso y ocurrente, si, ¡Pero por el cristal de la ventana se reflejaba todo el puñetero episodio! No os dejéis engañar, este tipo de creaciones son también spoiler, nacen bajo el influjo del spoiler y deben ser tratado como spoiler. 

Y tampoco nos libramos de esto los profesionales, pobres ilusos que nos creemos por encima del bien y del mal y nos ungimos injustamente con la autoridad suficiente para, con la excusa de explicar o analizar un guión, destripar la peli de turno en un acto cruel que nos asemeja más a Jack El Destripador dándose un baño de vísceras en Whitechapel que a un bien intencionado docente… ¡Spoiler también! Yo mismo lo he hecho aquí, aquí o aquí y confieso que por las noches no logro conciliar el sueño acosado por la gravedad de mis crímenes.

Seguramente habrá quien defienda su libertad de expresión en internet, su derecho a hablar con quien quiera y de lo que quiera por las redes sociales. Estos librepensadores argumentarán que el spoiler es culpa del descuidado que lo lee/oye y no del desalmado que lo escribe/cuenta… pero vaya, que ese argumento tiene el mismo peso que el de un miembro de la Asociación Nacional de Rifle soltando aquello de: “Las armas no matan, matan las personas”… ¡Tequieiporahíya! Los spoilers matan y punto; matan las ilusiones, que es el crimen más horrendo de todos.

Y por si os lo estáis preguntando: no, no vale con avisar antes con la típica foto de Sheldon Cooper diciendo “alerta spoiler”… eso es tan cínico como el “fumar mata” de los paquetes de tabaco. Si mata, no lo hagas.

Por todas estas razones y otras cuantas que seguramente se me escapen, creo que ha llegado la hora de promulgar la ley del spoiler. ¡Que ningún otro final reventado quede sin castigar; no más listillos que saben cómo acaban “los juegos del hambre” sueltos por la calle; que nuestros hijos se críen en un mundo en el que nadie les cuente la verdadera identidad de Keyser Soze!

Muchos me tildarán de loco, pero yo os animo a pensar en el castigo propicio para los spoileadores: desde un mes llevando cepo a obligarles a escuchar la discografía completa de Pitingo… nada sería demasiado cruel para ellos. Vuestras propuestas serán más que bien recibidas en los comentarios de este post.

Y sobre todo ¡No os relajéis! Hoy mismo está la red infectada de spoilers sobre el último giro inesperado en “Juego de tronos”… esto no acaba nunca. Yo, afortunadamente, he leído todos los libros y sé lo que pasa… pero no hay derecho a que la gente no pueda pasearse tranquilamente por twitter sin que algún cabrón le descubra que los dragones han descuartizado a Daenerys en un ataque de locura.

 

Hasta que nos leamos.

El motor interno

Diapositiva1Últimamente he visto dos series que me han hecho pensar mucho en la construcción de personajes; y lo han hecho por no quedarse en el paradigma habitual, por no conformarse con lo establecido y querer conseguir capas nuevas de profundidad en sus protagonistas. Las series en cuestión son “Masters of sex” y “Boss”.

Cuando los guionistas diseñamos personajes solemos hacerlo a base de conflictos, entendiendo por éstos los diferentes problemas con que se encontrará en la historia y que harán que sea interesante para el público. Entre los conflictos clásicos podemos diferenciar tres tipos:

Conflictos externos: del tipo “tengo que salvar el mundo/atracar un banco/perder la virginidad antes de graduarme”. Suelen utilizarse como el gran motor de la historia, lo que hace que la trama avance.

Conflictos internos: del tipo “le tengo miedo a volar/ no me gusta mi cuerpo/mi fe no me permite abortar y quiero hacerlo”. Normalmente se usan para profundizar en tu protagonista, otorgarle matices y dimensión y que el conjunto sea más rico.

Conflictos de relación: del tipo “amo a la novia de mi amigo/mi padre no acepta mi forma de vida/sufro acoso laboral”. Sirven para estructurar y crear las subtramas, o sea para las pequeñas historias adyacentes entre el protagonista y los secundarios.

Lo que me ha llamado la atención de las mencionadas series es que los guionistas usan el conflicto interno como motor de la historia. Tanto Bill Masters como Tom Kane se relacionan con el mundo exterior condicionados, en gran medida, por un trauma interior o problema personal. Esto, que ahora desarrollaré más detenidamente, es algo bastante poco habitual y que les ha funcionado increíblemente bien.

Si que es verdad que hay muchas historias donde el conflicto externo es de una naturaleza tal que se puede confundir con un conflicto interno aunque no lo sea:

– En “Boys don´t cry”, por ejemplo, el personaje de Hilary Swank ni tiene ningún problema con su identidad sexual (posible conflicto interno), lo tiene con la sociedad que no acepta su transexualidad y con el rechazo que despierta (conflicto externo o de relación).

– En “Mar adentro” el protagonista, en contra de lo que pueda parecer, no tiene ningún problema consigo mismo. Ramón acepta la vida que le ha tocado vivir y la disfruta al máximo, simplemente se ha cansado de hacerlo y prefiere dejar este mundo cuando y como él decida. El conflicto viene del exterior, de las leyes jurídicas y morales que le impiden suicidarse y de algunos de sus allegados, que pueden no entender bien esta decisión.

Conflictazo interno: ¿Mato al pápa o me voy con él al lado oscuro?

Conflictazo interno: ¿Mato al pápa o me voy con él al lado oscuro?

 

En el caso de las series, en las que hay mucho más tiempo para desarrollar a los personajes y los conflictos internos ganan en importancia, suele suceder un poco lo mismo: éstos parecen ser el aspecto central de la trama, pero rara vez alcanzan ese grado de relevancia. Veamos un par de ejemplos:

– Durante las últimas temporadas de “Breaking Bad”, el personaje de Jesse Pinkman tiene un claro conflicto interno: su remordimiento por todos los crímenes cometidos. Esto condiciona visiblemente la trama y a él (recaída en drogas, hastío, desilusión por la vida y sobre todo distanciamiento de Walter) pero no llega a constituirse en el motivo principal de sus actos; éstos vienen determinados por un conflicto externo como es la necesidad de salvar la vida, para lo que debe seguir obedeciendo a Walter en todo o acabará tan muerto como los que se le opusieron anteriormente.

Algo parecido le sucede al protagonista de “The walking dead”; en las dos últimas temporadas Rick se encuentra sumido en la más profunda depresión, provocada por los demonios de todos sus actos inmorales y por los fantasmas de aquellos a los que no pudo salvar. Ello afecta a su rol como líder y su capacidad de mando, y por tanto a toda la trama… sin embargo no llega a ser el impulso substancial de ésta, ya que los continuos ataques zombi y las luchas entre grupos rivales le obligan a seguir actuando y avanzando.

Jesse y Rick son dos ejemplos de personajes cuyo conflicto interno habría parado la acción (querían rendirse) pero sus conflictos externos han actuado de motor, obligándoles a reemprender la marcha. Dramáticamente es algo muy rico y provechoso, pero ahora vamos a ver el ejemplo contrario, que es el que nos atañe.

– En “Masters of sex” el protagonista tiene un claro conflicto interno: no es capaz de aceptar sus fallos, su imperfecta humanidad. Los guionistas aprovechan esto para convertirlo en el impulso principal de muchas de sus decisiones, sobre todo en su forma de relacionarse con el resto de personajes. Así, Bill sabe desde el principio que él es el estéril dentro del matrimonio y no su mujer, pero como no puede asumirlo la hace pasar por un infierno de tratamientos médicos y por un calvario psicológico en su hogar que casi la destruyen. El ver qué trata así a alguien a quien ama le da al espectador una idea muy clara del personaje y lo define desde su propia esencia.

Algo parecido sucede en su relación con Virginia, a la que ama en secreto sin ser correspondido. En lugar de aceptar la derrota, Bill fuerza las cosas hasta el punto de comprometer su estudio e introducir una variable nueva con tal de obligarla a participar y así poder acostarse con ella (aunque sea de forma mecánica y científica).  Según avanza la temporada ella experimenta hacia él un acercamiento y después un rechazo. Bill, recompensa o castiga esto utilizando su posición de jefe (pasa de buenos modos y ascensos a malas formas y despido); de esta manera, la lectura que se hace el espectador sobre la forma de pensar del protagonista viene a ser: “como yo soy infalible y no me equivoco si haces lo que quiero, o sea lo correcto, tendrás éxito; de lo contrario no te quiero en mi vida”. Lamentablemente para él, la vida sin Virginia es mucho más gris y todo apunta (el final de la temporada lo confirma) que el arco de evolución del protagonista le va a llevar a afrontar de una vez su conflicto interno para que deje de dirigir su vida.

Un poco de carnaca, por si se os hace largo el post.

Un poco de carnaca, por si se os hace largo el post.

 

Un planteamiento similar vemos en su subtrama con el Dr. Hass, al que no le perdona haber tenido éxito tratando a su mujer cuando él fracasó. La no aceptación de su imperfección le llevan a condenar a su aprendiz al ostracismo (aunque aquí se mezcla también el rechazo a ser padre debido al trauma infantil que arrastra con el suyo).

Incluso podría vislumbrarse que el conflicto interno está detrás del mismo estudio sobre sexo que da sentido a la historia: dado que él no sabe hacer el amor más que de forma fría, mecánica e impersonal debe encontrar un culpable que le descargue de culpa o fallo; se vuelca entonces en demostrar que el sexo es algo mucho más complejo de lo que se cree y que la sociedad coarta a las personas impidiéndoles disfrutar plenamente de ello. Da igual que haya gente como Virginia, Austin o Betty que han sido capaces de experimentar y alcanzar un conocimiento sexual mucho más amplio… como él no lo ha hecho, es que no se puede o no te dejan, ya que él nunca se equivoca.

Al final, el espectador comprende que todos los actos importantes del personaje, todos los giros de la trama a lo largo de una temporada entera vienen de la mano de su conflicto interno.

– Si hablamos de “Boss” el ejemplo es mucho más claro aun. El protagonista de la (bajo mi criterio) erróneamente cancelada serie está completamente definido por un conflicto externo: se está muriendo de una enfermedad rara. Pero a medida que avanza la serie el espectador descubre que todas las respuestas a su forma de actuar y las decisiones que toma vienen de la mano del contrapunto interno de ese gran conflicto: Kane no es capaz de aceptar que se muere y que el juego ha terminado. Por cierto, no lo he mencionado antes pero el personaje que interpreta Kelsey Gramer en la ficción es el alcalde de Chicago… Cualquier otro con más cabeza se habría retirado a disfrutar de sus últimos meses en paz y armonía, los más apegados al cargo hubieran diseñado una forma de dejar su nombre escrito en la historia de la ciudad pero Tom Kane no, él se empeña en aferrarse al poder como vía de escape y comienza una cruzada por imponerse a todo el que le rodea, ya sea adversario, aliado, amigo o familiar.

Esta necesidad de victorias (personales y políticas) es su respuesta a la derrota vital que va a sufrir. Kane mantiene tan en secreto como puede la enfermedad, como si así fuese un poco menos cierta; se medica buscando que no se le vea enfermo en vez de tratar de paliar los efectos, otro derivado de su negación interna. Como le recuerda su mano derecha Ezra Stone al final de la primera temporada, para saciar su sed de triunfo llega a cometer los más terribles actos y traiciones sin más motivo que, , el demostrarse a sí mismo que sigue siendo (como titula la serie) el puto amo del cotarro.

Ambos, Bill Masters y Tom Kane, suponen un tipo peculiar de protagonista; un poco anti héroes y un poco villanos. Lo que no se puede negar es que los dos encandilan al espectador, que resultan terriblemente interesantes;  y esto se ha conseguido en gran parte gracias al inteligente y novedoso diseño del personaje por parte de los guionistas.

 

Hasta que nos leamos.

El sacrificio

el hobbit 1

Los que me conocéis bien sabéis que soy un fanático de la fantasía heroica y, muy especialmente, de Tolkien. Estas navidades he podido visionar “El Hobbit: La desolación de Smaug” y, por primera vez desde que Peter Jackson comenzase sus adaptaciones cinematográficas, me ha sucedido algo: no he sido capaz de desconectar el chip de guionista. Hasta ahora, cada vez que veía una de las películas de la trilogía de “El señor de los anillos” o la primera parte de las aventuras de Bilbo Bolsón disfrutaba como un enano (como uno de las Colinas de Hierro, para más INRI); la pasión por la historia, los personajes, las recreaciones, etc. y el verlos plasmados en la pantalla con semejante derroche de medios era placer suficiente como para aparcar por un momentos los análisis sobre la trama o los arcos de evolución y la lupa con la que examino cada giro y cada línea de diálogo en la mayoría de películas (cargante deformación profesional, lo admito).

Pero esta vez no; con “La desolación de Smaug” ha sido diferente. A pesar de vibrar como el que más durante la proyección, no dejé ni un momento de ser muy consciente de sus luces y sus sombras y me pasé media peli pensando “¿Porqué han tirado por aquí?” o “¿Para que han decidido incluir esto en lugar de lo otro?“. Porque según mis conclusiones, esta adaptación pincha en algo fundamental, algo que hasta ahora Jackson siempre había sabido captar bien: el tema de fondo. A diferencia de “El Señor de los anillos” que a medida que progresa se va tornando en una epopeya, “El Hobbit” es eminentemente una aventura pura y dura. En el libro, los personajes están constantemente saltando de un peligro a otro a un ritmo vertiginoso y el director neozelandés ha querido ponderar ese aspecto en la pieza central de su nueva trilogía; el resultado es espectacular: hay un buen puñado de escenas de acción trepidante y las posibilidades tecnológicas lucen en todo su esplendor; sin embargo conseguir tal efecto requiere de algunos sacrificios, cosas que hay que dejar en el camino en aras de la espectacularidad. Algunas son perdonables, entendibles y hasta recomendables… pero otras no. Y el gran sacrificado de “El Hobbit”, el motivo por el cual la película no funciona bien, no es otro que su protagonista.

Efectivamente, Bilbo queda diluido en mitad de la vorágine de acontecimientos y pasa a un poco acertado segundo plano. ¿Os imagináis una historia de Indiana Jones en la que él no sea el centro de todo? pues eso es lo que le pasa a esta película. Es comprensible que con 13 enanos muy similares se pretenda dar más profundidad a alguno de ellos (en este caso le toca a Kili), o que se pretenda aprovechar el tirón de Legolas para sumar y mejorar la historia, o que la aparición de nuevos personajes como Bardo acaparen minutos… si; pero todo ello no debe redundar en la desaparición del protagonista, y no me refiero a su presencia en pantalla (porque Bilbo estar durante muchos minutos, está) si no a su papel como motor de la acción y conductor de la narración.

Un ejemplo entre muchos: ¿Dónde coño está Bilbo?

Un ejemplo entre muchos: ¿Dónde coño está Bilbo?

 

Por eso aludíamos antes al fallo en la elección del tema de la cinta, porque es, precisamente, en esta parte del libro en la que Bilbo sufre su gran transformación como personaje; aquí pasa a ser un verdadero héroe, un líder para la compañía, el que les saca las castañas del fuego en ausencia de Gandalf… ¿Y donde está todo eso en la película? sucede, si, pero tan rápido y tan de puntillas que no cala en el espectador en absoluto. Quizá los guionistas pecaron de impaciencia adelantando este tema en la primera parte, “Un viaje inesperado”, y no han querido seguir remarcándolo durante tres horas más, pero era éste y no otro el momento de narrar la transformación de un joven y acomodado Hobbit en un héroe de acción todo terreno.

Para los que no conocen la obra literaria quizá el fallo no sea tan explícito, pero todo lector de Tolkien habrá notado sin duda la disminución de la responsabilidad de Bilbo en la travesía por el Bosque Negro, la liberación de las arañas, la huida de la ciudad de los elfos del bosque y, sobre todo, el enfrentamiento con Smaug (que aunque bien plasmado, se queda corto a la hora de reflejar el extraordinario coraje y pericia mostrados por el pequeño Hobbit). En líneas generales, el espectador sale del cine con la impresión de que “La desolación de Smaug” es más una película coral en la que el protagonismo recae a ratos y partes iguales en Thorin, Bardo, Kili, Bilbo y Gandalf (herencia esto de “El señor de los anillos) que una película con un protagonista principal y bien definido.

De este modo, la película funciona bien como tal pero pincha como adaptación, ya que no ha conseguido ser fiel al espíritu de la parte del libro que traslada a la pantalla. Queda la duda de ver cómo resuelven la papeleta de la tercera parte, de por si complicada ante la falta de material original del que tirar (el libro encara su breve recta final en el punto en que acaba “La desolación de Smaug”). Si a esto sumamos que no se ha sembrado lo suficiente los cambios en el interior de Bilbo que provocarán sus mayores conflictos futuros con el resto de personajes, se antoja complicado pensar que el desenlace de “El Hobbit” nos deje para el recuerdo a ese personaje inolvidable que Bilbo podría y merecía haber sido.

 

Hasta que nos leamos.

De pavos reales, franquicias, remakes y otras cuestiones

La siguiente entrada habla de la seducción y la importancia de ésta en la industria audiovisual. Para ilustrarla mejor he incluido algunos ejemplos del vil arte del ligoteo, apoyados todos en mis vivencias como espécimen masculino dotado de una grave torpeza para relacionarse con el género femenino. Por favor, sean clementes y traten de contener la risa.

El gran (por alto) Eduardo Prádanos me descubrió el razonamiento que hoy comparto con vosotros, vaya por delante mi agradecimiento. Fue hace cosa de un mes, mientras disfrutábamos de las dos únicas cervezas que logramos rescatar (hay que ver cómo priva la gente si es gratis…) durante el cóctel que siguió al III Congreso de #ActitudSocial. En un momento de la conversación, Eduardo dijo algo así como: “La batalla de hoy día no es por los anunciantes ni por la audiencia, es por la atención de la gente”. Cuanta razón, oiga.

Si nos paramos a pensar en la cantidad de ofertas de entretenimiento que nos llegan cada día, la cifra puede hasta marear:

Decenas de cadenas de TV con decenas de programas cada una.

Series y películas para pasar una vida entera  sentado en un sillón sin hacer otra cosa que consumirlas.

Cientos de miles de páginas web y blogs con contenido específico para satisfacer la más extraña de las aficiones.

Universos propios como Youtube o Twitter capaces de hacer que el internauta se pierda por una vórtice digital para no volver nunca (esto es en serio, cuantas veces has entrado en el portal de vídeos buscando unas polémicas declaraciones de tal político y has acabado viendo vídeos de teletiendas japonesas…).

El fondo musical y literario de toda la humanidad al alcance de un solo clic.

Miles de marcas comerciales ofreciéndonos contenidos brillantes relacionados de una u otra forma con su producto (con la sana intención de vender, claro está, pero entreteniéndonos por el camino).

Cientos de personas tratando de que veas su última webserie, leas su ingeniosa crítica de la nueva peli de Almodóvar o Haneke, admires las fotos de lo que se está comiendo, etc.

Y para colmo, si todo esto fuera poco, la tecnología nos permite hacer casi cualquiera de estas cosas por nosotros mismos y emplear todo nuestro tiempo en lograr terminarlo y en promocionarlo al mundo exterior.

Con este panorama tan saturado no es raro llegar a la conclusión anterior. Efectivamente, la gran pelea está en conseguir sacar la cabeza de entre toda la competencia y gritar a pleno pulmón: “¡Hola, estoy aquí… mira lo que tengo para ti!”. Como cuando un chico intenta ligar en una discoteca abarrotada de gente, lo realmente difícil es lograr que la chica (el consumidor, en nuestro caso) se fije en él y no en cualquier otro, quizá más guapo, más listo o más atrevido.

** Una aclaración, se aconseja no tratar de ligar en una discoteca diciéndole a una chica: “¡Hola, estoy aquí… mira lo que tengo para ti!”, porque lo más fácil es que te lleves una buena hostia.

Para llamar la atención hay que diferenciarse del resto de algún modo.

Para llamar la atención hay que diferenciarse del resto de algún modo.

La Naturaleza, en su infinita sabiduría, ha otorgado a los animales el don del cortejo como forma clara de llamar la atención del sexo contrario y poder ser el macho elegido para la procreación; hablamos de ese pavo real extendiendo su vistosa cola o del ave del paraíso con su gracioso bailoteo… Muchas veces se trata más de las formas que del contenido, y la industria audiovisual lo ha copiado a la perfección.

Una vez tenemos esto claro, comenzamos a entender la tendencia dominante en la industria del ocio de masas durante los últimos 15 años. Con la llegada del nuevo milenio vimos como las carteleras de cine, las parrillas televisivas y las estanterías de las librerías se llenaban de adaptaciones, remakes, trilogías alargadas en exceso, precuelas, secuelas, biopics y toda clase de material que se basa de alguna manera en una obra anterior.

Porque sigue sucediendo lo mismo que cuando el chaval consigue ligar en la discoteca. Para el común de los mortales no es algo que suceda cada sábado por la noche (tener un éxito habitual en eso, como en la TV y en el cine, está reservado a pocos) y cuando uno lo logra intenta aprovechar al máximo su éxito provocando una segunda, tercera o cuarta cita… hasta que o bien la chica se aburre o bien se enamora de ti. Exactamente las mismas dos cosas que ocurren en la industria del ocio: que el consumidor se harta de tu producto o se hace fan de él.

De ahí se entiende que decidiesen convertir una obra redonda y perfectamente acabada como “Matrix” en una deslucida trilogía; que Hollywood se volcase con enfermiza devoción a adaptar cualquier comic de éxito, por freak y minoritario que fuese su público original; que opten por estirar el chicle y convertir la última entrega de sagas, ya de por si largas, como “Crepúsculo” o “Harry Potter” en dos películas distintas; o que se haya multiplicado el interés por adaptar al mercado internacional series y películas locales (Desde “Abre los ojos”, “Rec” o “Funny games” a “Forbrydelsen” y “Hatufim”). Porque está claro que en la carrera por captar el interés de la audiencia cualquier mínima ventaja es clave, y contar de partida con una base de fans incondicionales o una buena reputación es una prerrogativa importante. No es lo mismo vender de la nada a hacerlo sabiendo que arrancas con un público cautivo numeroso o que cuentas con el slogan de “el thriller que ha arrasado en media Europa”.

Hacer una película y que sea un éxito es disparar a una diana con una sola bala en la recámara, y que tu producto sea conocido de antemano hace que esa diana sea mucho más grande. Como productor, da menos vértigo gastarse cientos de millones de euros en una película si ésta se llama “X Men” y tiene a sus espaldas a millares de fans de los comics en todo el mundo. Una vez has acertado está claro el camino a seguir ¿Para qué apostar por una idea nueva sin garantías cuando puedes seguir sacándole jugo a la que ya ha conseguido llamar la atención de la gente?. Ahí es cuando llegan “X Men 2” y “X Men: the last stand” y se demuestra que es más fácil tener éxito con una franquicia conocida aunque la calidad, como en el caso de la última película, baje notablemente. Y si sucede esto, tampoco pasa nada… se vuelve a empezar de nuevo y todo arreglado, como el caso de “X Men: first class”. Porque lo importante una vez se ha atrapado al espectador es no soltarlo bajo ningún concepto.

Ciudado con esta última máxima, porque llevada al terreno de las relaciones amorosas suele acabar en denuncias por secuestro y acoso, os lo aseguro…

La franquicia sigue viva y con pelliculas por estrenar.

La franquicia sigue viva y con pelliculas por estrenar.

Cuantas veces no hemos despotricado todos sobre la falta de ideas y el conservadurismo de la industria audiovisual. Cuantos no hemos puesto el grito en el cielo al comprobar que Hollywood se decidía por hacer un remake de “Evil dead”, que sin duda adolecerá de toda la magia de la versión original, o que Mediaset apostaba por la versión española de “Entre fantasmas” después de haber comprobado, en primera persona o no, las hostias que se pegaron las adaptaciones de “Cheers”, “Las chicas de oro”. “Life on mars” o “Matrimonio con hijos”. Y la respuesta a este tipo de “locuras” no es que los productores y directivos son lerdos, no. Lo que son es prudentes, quizá en exceso, con los millones de euros que se juegan. Ellos apuestan por llamar nuestra atención y lo cierto es que muchas veces lo consiguen, porque somos bastantes los que vemos estos productos por fidelidad al original o por simple curiosidad. El problema viene a la hora de valorarlos y hablar de ellos (en el caso de las pelis) o de seguir consumiendo (en el de las series)… pero la batalla por la atención la ganan. Por eso a veces elijen un producto que saben que no es tan brillante pero que parte con algo ventaja, por su notoriedad.

Sucede lo mismo que cuando un amigo nos habla de su compañera de oficina la soltera, que no es gran cosa pero que le ha comentado las ganas que tiene de conocer gente nueva… sabemos que probablemente no es la mujer de nuestras vidas, pero le damos una oportunidad y quedamos con ella porque es más fácil partir de ahí, que peleando desde cero en un bareto y medio trompa.

A día de hoy se nos llena la boca hablando de narraciones transmedia como una forma superior de contar historias. Pero si lo analizas desde el punto de vista comercial, una de las gracias del transmedia es precisamente conseguir prolongar en el tiempo la historia. Una vez que tienes la atención de tu público la tratas de mantener introduciéndolo en tu universo, por eso se amplia el campo de juego del usuario, para que pase más tiempo con nuestro producto (o sea, que tenga más citas con nosotros). Por eso también se le invita a ser parte activa de la trama: porque si se trata de conseguir la atención de la audiencia, cuanto más involucrada esté, más interesada… y uno se involucra más participando de algo que siendo un mero espectador.

Y ahora que lo pienso en el ligoteo también hay mucho de transmedia, ya que se mantiene la narración usando distintos canales: una cita cara a cara, un tonteo por whatsapp, conocerse en un chat, compartir alguna foto en su muro de facebook, grabarle una recopilación de canciones (¿Alguien sigue haciendo eso?), etc. son formas de mantener viva la historia saltando de un medio a otro; y además el discurso se adapta a la naturaleza de cada soporte y la coparticipación es absoluta… ¡Mola!

En definitiva, que conseguir llamar atención del espectador para que consuma tu producto audiovisual es de lo más importante y complicado hoy día; hasta tal punto que condiciona muchas de las decisiones y elecciones tanto creativas como de marketing que se toman en esta industria. Ser más conscientes de ello nos ayudará a llevar a buen término nuestros proyectos.

Y si eso no funciona, emborrachadla y decidle cosas bonitas sobre sus ojos…

Hasta que nos leamos.

Quentin se pone serio

No escribo casi nunca sobre estrenos de cine, series o programas ni realizo una crítica al uso de ninguno de ellos (Para eso hay un montón de estupendos blogs dedicados a ello) pero esta vez hago una excepción dejándome llevar por mi “Tarantinofilia” y dedicaré unas líneas a comentar mis percepciones tras ver “Django desencadenado” hace apenas tres días. Creo que ha pasado el tiempo justo para haberla reposado y rumiado como merece sin dejar de tenerla aun fresca en la memoria, así que allá vamos.

djangoposter

Lo primero que diré sobre la película es que me parece un punto de inflexión en la filmografía de su director. Queda por ver cómo se desarrolla su obra a partir de ahora, pero todo apunta (nunca mejor dicho) a que tras “Django” nada volverá a ser igual. La película supone la ruptura con una de las máximas del cine de Tarantino, una de las que le ha ayudado a construirse un nombre en esta industria; y es que, por primera vez en una de sus historias, la violencia ya no mola.

Hasta el momento, el bueno de Quentin se caracterizaba por tener el enorme talento de dotar a los actos de extrema violencia de unas inusitadas dosis de belleza plástica y de humor. Ello se sostenía sobre la sólida base que cimienta todas sus producciones: en las pelis de Tarantino no hay juicios morales, no se pide al espectador que se adentre en las cavernas del comportamiento humano, ni que establezca un código ético o se posicione entre actos de bondad y de  maldad. Allí se va a disfrutar del espectáculo… Así podemos declarar sin tapujos que nos parece genial que Clarence y Alabama traten de rehacer su vida vendiendo una maleta de coca robada (droga que destrozará la vida de pobres inocentes) en “Amor a quemarropa”, o que ojala la banda de ladrones sanguinarios que protagoniza “Reservoir dogs” escapase de la policía, incluso que nos gustaría que un asesino demente se llevara por delante con su coche a un segundo grupo de inocentes chicas en “Death Proof”. A todos nos flipan los hijos de puta que protagonizan “Pulp Fiction” e incluso estamos medio deseando que el cabrón nazi de Hans Landa pille a otro par de judíos sólo para disfrutar de sus brillantes juegos mentales en “Malditos bastardos”. Reconocemos que nos da igual que Beatriz Kiddo hubiera podido ir a la policía con un montón de pruebas para encarcelar a Bill y su banda ¡Nosotros queríamos que los matase a todos de la gloriosa forma en que lo hace en las dos entregas de “Kill Bill”!… Tarantino establece siempre un pacto con sus espectadores, que se resume en que durante tres horas podemos ser todo lo bestias que queramos sin que nadie se sienta mal por ello… hasta ahora.

Porque éste es, para mi, el mérito de “Django” y el principal punto de giro dentro de la carrera del director. Por primera vez la violencia, los tiros y puñetazos duelen… por primera vez los malos te caen mal y ves el terrible dolor y sufrimiento que generan sus actos. Por primera vez su historia remueve conciencias hasta el punto en que algunas de sus impactantes secuencias de acción se te hacen poco digeribles y apartas la mirada en lugar de regodearte como hasta ahora hacías (Esto sucede sobre todo en la pelea de mandingos y en la de los perros). Por primera vez Quentin se pone serio.

En el oeste, los negros no tenían derecho ni a montar a caballo.

En el oeste, los negros no tenían derecho ni a montar a caballo.

Y ello conlleva sus pros y sus contras. Como provecho principal es que el resultado es una obra adulta y maravillosa que aborda un tema poco tratado de una forma inteligente, realista, tan cruda como sensible y exquisita. Como contrapartidas más acuciantes nos encontramos con que por al camino se pierden algunas de las señas de identidad del estilo del director.

Y es que si algo no satisface de “Django” es eso, que estábamos acostumbrados a ciertos “must” tarantinianos y al no encontrarlos aquí uno se descoloca bastante. Me estoy refiriendo a los brillantes trucos narrativos a los que tanto partido sabe sacar, a los personalísimos planteamientos de cámara que nos suele ofrecer y, especialmente, a los brutales diálogos marca de la casa que te dejan agarrado a la butaca del cine. No acierto a saber si esta renuncia ha sido voluntaria u obligada, si es que el parir una película con un calado temático y social como nunca había logrado le ha dejado exhausto para las “frivolités” o si, por el contrario, es un nuevo y perverso juego del director; como si pensase “Sé que estáis esperando que en la conversación de la cena Di Caprío suelte una originalísima teoría sobre la supremacía blanca y la sumisión negra… pero no, ahora os vais a conformar con la explicación pseudo-científica que daría un terrateniente paleto de la América profunda en 1875”. Eso sólo él lo sabe; pero a mi me da la impresión de que el pobre es humano y, al fin y al cabo, esta vez no lo ha conseguido.

Valga aclarar que con esto no quiero decir que la película no parezca de Tarantino. Esta llena de violencia soberbiamente plasmada, de ingeniosos diálogos, de humor en situaciones muy peliagudas, etc. Pero en dosis menores a las que suele producir el aclamado director y guionista.

Siguiendo con los puntos débiles, me da la sensación de que “Django desencadenado” tiene uno de los guiones más flojos de su filmografía: creo que es la primera vez que detecto fallos y McGuffins  de los que solemos tirar los escritores para hacer avanzar la acción sin pararnos mucho tiempo a explicarlo o atarlo todo. Hasta la fecha sus tramas podían presumir de ser de hierro, historias perfectamente armadas que resistían el más exhaustivo de los análisis. En “Django”, sobre todo en la primera hora de película, si que ves atajos y remiendos poco lucidos pero necesarios para llegar a la parte suculenta de la obra. No pasa nada, pero que tu protagonista sea un superdotado del disparo por naturaleza es más facilón que mostrar su aprendizaje (Aunque luego lo justifique un poco con el “uno entre diez mil”); que le salga un benefactor dispuesto a ayudarle en todo sin recibir nada a cambio es más sencillo que lograr valerse por sí mismo (Hecho curioso éste del Doctor King Shultz, quizá el primer personaje idealista que escribe Tarantino en su carrera); que Django sepa identificar a los tres mejores luchadores de la plantación sin tener mucha idea del asunto es de lo más conveniente… Quentin lo sabe y por eso pasa de puntillas por muchas de estas escenas, colocándolas antes o después de grandes golpes de efecto, porque es un buen director y sabe que el sigilo es la única forma de salir airoso de estos embrollos. Más que estos puntos sin justificar, lo que me machacó fue una escena (la de Shultz explicando sus planes a Django) en la que nos expone verbalmente el conflicto principal para a continuación volver a explicarlo con acción y de manera mucho más brillante ¿Para qué entonces toda la primera conversación si ya íbamos a deducir lo que Shultz quiere de Django en cuanto le revelase quien es al Marshall? Es este caso, se olvidó por el camino la vieja máxima de Lubitsch: “Deja que el espectador sume dos y dos… te querrán siempre”.

La escena en cuestión. Un error de novato.

La escena en cuestión. Un error de novato.

Otra flojera del guión llega con el tercer acto, que no aporta demasiado al espectador más que la mera satisfacción de ver al prota cumplir su misión: No hay Hitlers acribillados a tiros, nadie se entera de que el tío por cuya defensa a matado a sus amigos es un poli infiltrado, no hay un inteligente cambiazo de maletines con dinero… ni rastro alguno de sorpresa o de evolución personal, tan sólo la consecución de un objetivo externo. Esto ya pasaba en “Kill Bill vol. 2” pero con un clímax infinitamente más potente y bello. Mi última queja se centra en los prescindibles planos de la esposa de Django a lo largo de toda la película: como si el espectador fuera tonto, se decide que hay que recordarle cada veinte minutos porqué el protagonista hace lo que hace colocando un plano subjetivo de recuerdos… nunca entenderé esta manía que en tantas películas se repite.

Por no restarle méritos, hay que decir que Tarantino sigue sabiendo elaborar sabiamente los equilibrios entre personajes, que se dimensionan unos sobre los otros: Django se ve como un paleto frente a Shultz, pero éste también queda como un mindundi al lado de Candie. Además en un mundo que se nos presenta con un esquema básico de negros = víctimas y buenos frente a blancos = verdugos y malvados, el director tiene la inteligencia de llevar su historia a los grises haciendo que el mejor amigo del héroe sea blanco y que su mayor antagonista sea negro. Y he aquí otra de las mayores virtudes de la película: el no casarse con nadie y reflejar la realidad tal cual era… hay que ser muy valiente para mostrar que había negros que jodían a otros negros sólo por salvarse ellos (Como Samuel L. Jackson, genial en su interpretación) y hacerlo de forma que uno incluso entienda que se pueda llegar a ello (Como con los mandingos, que al igual que los gladiadores de Roma, se entregan al asesinato con tal de lograr una vida mejor y ser tratados como “estrellas”).

A niveles más puramente formales, decir que el talento del director le hace plantear un western original cuando más difícil lo tenía. Teniendo en cuenta que la gran mayoría de sus películas ya tienen muchos componentes del cine del oeste extrapolados a otros géneros y que repetir la fórmula le hubiera llevado a acercarse peligrosamente a Sergio Leone, Tarantino hace bien en rehuir de la estética más clásica y llevarnos a un Texas de montañas nevadas y suelos enfangados, en valerse de plantaciones de algodón en lugar de desiertos y cactus y en no abusar demasiado de su adorado Morriconne, consiguiendo, empero, que la música vuelva a brillar y adquirir protagonismo en la narración. Aunque personalmente no comulgo tanto con los estilos elegidos, hay que reconocer que introducir el Hip Hop en el salvaje oeste es tan brillante como hacer que suene flamenco durante una pelea de katanas… chapeau.

Como siempre, el material promocional es espectacular.

Como siempre, el material promocional es espectacular.

Hasta aquí el largo, y espero que ameno, análisis… concluiré resumiendo que “Django desencadenado” me ha gustado por lo que he sentido como espectador, por parecerme un paso adelante del director y por lo ofrecerme cosas nuevas dentro de su cine. Pero no me ha entusiasmado como muchas de sus anteriores obras… espero que en la próxima sume lo bueno nuevo y lo bueno antiguo para firmar su mejor película.

 

Hasta que nos leamos.

No la toques más, que así es la rosa.

  • The Sopranos (1999-2007)  – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2000
  • El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2001
  • A dos metros bajo tierra (2001-2005) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2002
  • The shield (2002-2008) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2003
  • 24  (2001-2010) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie año dramática 2004
  • Nip/Tuk (2003-2010) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2005
  • Lost (2004-2010) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2006
  • Anatomía de Grey (2005-sigue) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2007
  • Mad Men (2007-sigue) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática años 2008, 2009 y 2010
  • Boardwalk empire (2010-sigue) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2011
  • Homeland (2011-sigue) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática años 2012 y 2013

 

El primer post del año 2013 viene de la mano de los primeros grandes premios de la temporada en la industria del cine y la TV. Los Globos de Oro nos dejaron hace unos días un montón de películas, actores y actrices colocados en la parrilla de salida de los Oscar, pero también dejaron claro qué series siguen siendo las más fuertes en la lucha por el éxito televisivo.

Esto me sirve para hacer una reflexión sobre algo que, como guionista, he defendido siempre: las ficciones de corte dramático en televisión deben tener una duración predefinida, cerrada y, a ser posible, de no mucho más de tres temporadas. Y digo de corte dramático porque las series cómicas, fundamentalmente las sit com, se ajustan a otras normas y reglas temporales que las hacen casi inmunes al paso del tiempo. Partamos, como base de lo que quiero explicar, del listado superior en el que se recogen los ganadores de la categoría en lo que llevamos de siglo. Analizándolo nos damos cuenta de que:

1 – El 91% de las series ganadoras (10 de 11) recibieron el galardón en una de sus tres primeras temporadas. La que no, “24”, lo hizo en la cuarta.

2 – Ninguna de ellas (por ahora, ya que algunas continúan en emisión) lo ha vuelto a ganar después de la cuarta temporada. Las que más, han pasado a ser candidatas año tras año, pero sin revalidar los éxitos del comienzo.

3 – La media de duración de estas series es de casi 7 temporadas. Media calculada a la baja, ya que 4 de ellas siguen en emisión y con perspectivas de durar unos años más.

Entre este listado de series se encuentran algunas de las consideradas mejores producciones televisivas de todos los tiempos, ficciones revolucionarias que han marcado a una generación de espectadores y que quedarán en los escritos sobre el medio para siempre. ¿No resulta raro que ninguna de ellas haya sido reconocida como merece en la segunda mitad de su desarrollo argumental? ¿No es de extrañar que, lo que de la nada surgió como una narración exquisita, al madurar con el tiempo no logre los premios que en los difíciles arranques si cosechó? Los más escépticos dirán que los Globos de Oro son una referencia superficial, que el criterio de los votantes puede ser deudor de intereses de la industria o que los críticos participantes se dejan llevar por la novedad y se olvidan rápido de lo que ya conocen bien… todos ellos son criterios válidos y que en cierto modo comparto, pero también creo que detrás de estas estadísticas hay una certeza ineludible que muchos de los que nos dedicamos al oficio de escribir conocemos: No se puede estirar el chicle indefinidamente.

 

La base de Los Soprano era la necesidad de Toni de ayuda psicológica.

La base de Los Soprano era la necesidad de Toni de ayuda psicológica.

Cuando las series se crean y desarrollan, lo hacen sobre una premisa dramática clara. Con el paso de los episodios y las temporadas, llega un momento en que esa premisa debe ser resuelta si o si, para no caer en el tedio de la eternización. A partir de ahí sólo queda usar el vasto bagaje de nuestros personajes en esos años para crear nuevas premisas que sostengan la serie. Puede hacerse y se hace bien, pero casi siempre el producto se resiente de una u otra manera y en parte deja de ser la misma serie. Si el gancho de tu producto es: “Un jefe mafioso sin escrúpulos está tan deprimido por su vida personal que decide ir al psiquiatra” esto se puede desarrollar durante un tiempo x limitado (dependerá de la habilidad de los guionistas y de la paciencia de los productores). De hecho, tras unas temporadas Toni Soprano ya no acude a ver a su doctora, y los problemas que tenía (relación con su madre o su tío, su amigo enfermo, etc.) han desaparecido. La serie continúa a un nivel espectacular, pero ya basada en la angustia vital del personaje y en como su mundo se desmorona a pesar de su empeño por mantenerlo en pie. Pero cuando te preguntan de qué va Los Soprano tú dices: “de un mafioso que va al psiquiatra”… y por eso la premiaron.

Si encima les da por no resolver la premisa, se produce una huida hacia delante que suele derivar en engaños, decepciones y un gran castillo de tramas imposibles que se derrumba en los últimos capítulos para horror de los seguidores… Creo que no hay que decir mucho más para que os venga Lost a la cabeza ¿Verdad?

Otras series decaen por agotamiento de la fórmula. Si bien Aaron Sorkin tiene claro que su serie presidencial tiene el tope de abarcar 2 mandatos y según ello la estructura, tras 8 temporadas escuchando afiladas conversaciones de pasillos entre los miembros del gabinete, los brillantísimos diálogos ya brillan un poco menos y las crisis de comunicación resultan más llevaderas. Como con más de un político patrio, quizá un solo mandato hubiera sido mucho mejor…

Hacia ese mismo abismo se dirigía, en mi opinión, Mad Men tras sus dos primeras temporadas. La tercera constituyó un viaje por la apatía de Don Draper y eso hizo que el interés decreciera exponencialmente. Para mi sorpresa, en la cuarta levantaron el rumbo nuevamente y ahora vuelven a estar en plena forma. El tiempo nos dirá si son capaces de romper la tendencia… quizá por ello sean la única producción que se ha llevado el premio 3 años seguidos (Incluyendo mi odiada tercera temporada).

Las cosas tienen una duración por algo, y ese algo suele ser que se manifiestan en su máximo esplendor en un periodo concreto de tiempo. Las canciones pop duran entre 2 y 5 minutos, los conciertos 2 horitas, las películas de 90 a 120 minutos, las novelas mejor entre 400 y 800 páginas y las series, aunque nadie se preocupe por aplicarlo, de 3 a 4 temporadas de 13 episodios cada una. Evidentemente hay maravillosas excepciones en todos estos campos, pero cuando algo se convierte en norma suele ir cargado de sabiduría…

Con las series también existe una gran excepción a mi teoría y, como no podía ser de otra forma, además se trata de mi favorita de todos los tiempos. Para rizar el rizo, ni siquiera cuenta con un Globo de Oro o nominación alguna… ni falta que le hace. Me estoy refiriendo a la aclamada “The Wire”. En este caso, cada una de las 5 temporadas de la serie están pensadas de antemano por David Simon para reflejar un aspecto concreto de la sociedad y para demostrarnos que todos ellos están perfectamente relacionados e interconectados. La duración es la que es, ni sobra ni falta nada, porque son los peldaños que tiene la escalera a la que debemos subir para lograr la visión de conjunto que quiere transmitirnos el autor… pero claro, es que estamos hablando de algo muy complejo y muy precioso.

El tema da sin duda para mucho más, espero que al menos os haya servido para pensar un poco en ello. Está claro que a productores y cadenas les gusta ganar dinero con un formato seguro; pero si en lugar de ir a lo fácil, confiaran en el talento de los creadores y dejasen que éstos terminen de contar sus historias en el momento preciso, ahora tendrían el doble de series de éxito en sus parrillas… Como decía Juan Ramón Jiménez: ¡No la toques más, que así es la rosa!

 

Hasta que nos leamos.

Antagonistas

villanos

¿Qué sería de una buena película o serie sin su malo de turno? Nuestra ficción occidental es inconcebible si ese malvado que pone en jaque al protagonista de la historia con sus retorcidos planes y sus aviesas intenciones. Estamos tan acostumbrado a ello. que al enfrentarnos a una narración carente de antagonista, ésta se nos suele derrumbar por muy bien construida que esté.

La vida real parece también llenarse últimamente de malos se mire por donde se mire. En este caso se trata de malos de opereta, de los que se mesan el bigote y ríen a carcajadas mientras confiesan su plan al, momentáneamente derrotado, héroe. De estos malos volveremos a hablar más adelante.

Lo que hoy quiero explicar con más detalle es la diferencia entre un buen malo y un mal malo, valga la redundancia. Entre un simple villano y un antagonista. Porque esto es lo que necesita toda gran historia, a alguien que (independientemente de sus inclinaciones morales) se oponga a los intereses del protagonista y le impida conseguir sus objetivos. Ya veremos como en ocasiones el malo es el bueno y viceversa y la trama funciona igual de bien… porque se mantiene la oposición de intereses y, por tanto, el conficto.

Analicemos, por ejemplo, tres productos con cierta semejanza en la ambientación histórica: “Los Tudor”, “Isabel” y “Juego de tronos”.

En la serie española encontramos a antagonistas del corte clásico: personajes como Pacheco y Carrillo son malos hasta la médula, únicamente les mueve su interés personal y su egoísmo, utilizando a quien haga falta para conseguir satisfacerlos. Los guionistas los usan con habilidad, haciéndoles cambiar de bando con frecuencia según los intereses de la trama (Amén de los sucesos históricos documentados) y así consiguen mantener interesado al espectador. Funcionan y gustan, pero no terminan de marcar al televidente.

 

Mucho más interesante resulta el personaje del Rey Enrique, un antagonista básico para Isabel, que está construido con bastantes más matices e incongruencias y, por tanto, resulta un ser humano creíble e interesante. Enrique no lo odia todo ni quiere sembrar el caos en el mundo: simplemente tiene unos intereses que proteger como rey y, para hacerlo, luchará contra quien haga falta. Durante toda la temporada hemos visto a este antagonista no querer entrar en guerra porque supone muerte, hambre y penurias para el pueblo. También le vemos recibir con alegría a sus hermanos, a los que está enfrentado, cada vez que hay un armisticio; o perdonar y aceptar en su corte a nobles que le habían traicionado y humillado, sólo porque le une una amistad de toda la vida con ellos… otros personajes de la serie tildan a Enrique de débil, pero lo que en realidad le sucede es que es humano, y eso le hace grande y le lleva a conectar con el espectador.

En el caso de la producción sobre la dinastía real inglesa, se ocasiona un fenómeno aun más interesante: los guionistas consiguen que los personajes “buenos” tengan malas intenciones y que los “malos” las tengan buenas; y a pesar de ello el seguidor de la serie los continua percibiendo en los roles asignados. El resultado es de una delicadeza y de un realismo que hace que la calidad global de la ficción se multiplique. El ejemplo más claro de esto se da en la rivalidad entre Thomas Moro y Thomas Cromwell.

El primero se nos presenta como alguien bueno porque se opone a la relación ilícita del Rey con Ana Bolena, porque defiende a la autoridad establecida de la Iglesia de Roma y porque se mantiene inflexible en sus convicciones y valores. Esto está muy bien, pero la realidad demuestra que en cuanto llega al poder, Moro no duda en quemar a cuanto “infiel” encuentra en su camino sólo por el hecho de pensar de forma distinta a la suya y si tenemos en cuenta que la Iglesia que él defiende estaba corrupta, viciada y podrida hasta la médula sus motivos no parecen ya tan buenos.

En frente suya está Cromwell, presentado como un malvado intrigante que asciende en el poder a costa de otros y que susurra chismes al oído del Rey para satisfacer sus intereses. Al tipo se le coge una tirria casi inmediata (gracias también al gran trabajo de interpretación) pero en realidad, analizando su postura se puede empatizar con él perfectamente: lucha por una Iglesia más justa y pura, pegada a los intereses del pueblo y sin privilegios; además encarna el ejemplo de que naciendo pobre se puede llegar a lo más alto con trabajo y talento, y tiene una visión moderna de lo que será el mundo a partir de esos días (El comienzo de la Edad Moderna).

Al final ninguno de los dos son buenos ni malos, sólo personas con intereses enfrentados y de ahí nace el conflicto.

En “Juego de tronos” se mantiene está tónica, aunque aumentada por la riqueza del diseño de personajes y el elevado número de los mismos. Los hay eminentemente buenos, como Tyrion Lanister, pero que se ven obligados a luchar en el bando de los malos por motivos superiores (En su caso la fidelidad a la familia)… los hay buenos por su carisma y su alineación, caso del Rey Robert, pero nefastos por sus actos (Infiel, borracho, mal gobernante, agresivo, derrochador, etc.).  También los hay que evolucionan de una manera increíble y pasan de malos a buenos o lo contrario. En esta saga cada personaje es un universo de contradicciones y matices capaces de proyectar luz y sombra según el momento concreto. Eso es lo que la hace grande y la ha llevado al éxito; porque en un contexto tan propicio para que cada seguidor se alineé con una determinada casa/familia, no encuentras a nadie que diga: “yo soy de los Stark” o “Yo voy con los Lanister”, “A mi me pierden los Tully” ni “Estoy a muerte con los Baratheon”… a todos nos gustan unos de aquí y otros de allá e, incluso, de los malos puros (Tipo Cersey) nos apiadamos de vez en cuando… si el autor les hace morder demasiado el polvo.

En mi opinión, muchos claros ejemplos de lo que debe ser un antagonista los podemos encontrar en los comics de superhéroes. El hecho de poder estar 40 o 50 años escribiendo una serie y que lo hagan cientos de guionistas distintos acaba por dar una robustez apabullante a los personajes. Y esto, en el caso de los malos es muy de agradecer. Para mi el paradigma es el villano Magneto, y su imposible relación con los X Men. Magneto es el antagonista absoluto del grupo porque tiene una visión completamente opuesta a la de ellos en un mismo asunto. Los mutantes son odiados, temidos y perseguidos por los humanos… hay que definir la forma de relacionarse entre las dos especies: Los X Men abogan por la coexistencia pacífica y Magneto por la imposición a la fuerza. El conflicto está servido y no se solucionará jamás, pues ninguno terminará pensando como el otro. Aún así ambos bandos comparten una preocupación común por los suyos, por protegerlos y por conseguir vivir en paz y seguridad. Magneto tiene buenas intenciones y sus motivos son honrosos, pero sus métodos son los que lo encasillan como malo. De hecho le une una antigua amistad con el Profesor Xavier y, en cierto modo, siempre se necesitarán el uno al otro.

Los seguidores del cómic saben que resulta imposible no enamorarse del personaje y darle la razón en muchos de los conflictos que mantiene con los protagonistas… Así que tened claro que cuando el autor consigue que el lector/espectador se ponga de parte del malo, ya está todo dicho.

Evidentemente, hay malos “totales” que funcionan a la perfección. El Joker es más malo que la quina y punto… está tan bien parido que no hace falta más; como decía el difunto Heath Ledger en “El Caballero Oscuro”: “Soy un agente del caos…” no hay nada que añadir. Parecido caso es el de Darth Vader: un villano tan rotundo en su aspecto y sus actos que no necesita matiz alguno. En esta ocasión consiguen dotarlo de dimensión con su pasado y termina dando pie a un final redentor para él. Curiosamente, ello se vuelve en contra de los creadores al plantear la trilogía precuela: lo habían hecho tan malo que ahora justificar esa conversión al lado oscuro tenía el listón demasiado alto… lamentablemente para nosotros, no lo consiguieron.

También está la figura del “malo bueno” que se da en muchas películas y que convierte, por extensión, a una figura del bien en su antagonista. Estamos hablando de películas como “Perdición”, “El gran Carnaval”, “Reservoir Dogs”, “Tarde de perros” o “Hannibal” en las que el protagonista es un delincuente o un tipo amoral y por tanto su opuesto es la ley y la justicia. Afortunadamente los Wilders, Tarantinos, Lumets y Scotts del mundo son buenos en su oficio y suelen conseguir que nos encariñemos con semejantes bastardos y que la cosa funcione bastante bien.

A diferencia del malo, el antagonista aparece siempre en un guión, incluso en géneros tan poco propicios como la comedia romántica. Aquí solemos encontrar antagonistas tan buenos como el protagonista, como sucede en “Historias de Filadelfia”, donde el único conflicto entre Cary Grant y James Stewart es estar enamorados de la misma mujer, por lo demás hasta se caen más o menos bien y se comportan el uno con el otro. Si la comedia es más profunda podemos llegar al caso de que el antagonista del protagonista sea el propio protagonistaesto es lo que ocurre en “Annie Hall”, donde el enemigo de Woody Allen en su relación es Woody Allen: sus neuras, manías e inseguridades le impiden ser feliz con su pareja.

Se podría escribir mucho más sobre el tema, pero creo que ya os hacéis una idea clara de lo que quería explicar… Antes de terminar con el post, me gustaría volver a los malos de la vida real: la mayoría de los políticos, los banqueros, los líderes empresariales y sindicales, los mercados, las multinacionales y demás. Estos son los antagonistas de nuestro día a día, los que se oponen a la gente corriente y les impiden alcanzar sus objetivos (vivir dignamente, trabajar, ser felices, etc.). Estos antagonistas son del peor tipo que puede existir: de los traidores a la confianza del prota. Son personas que supuestamente están ahí para ayudarnos y cuidarnos, tipos a los que hemos elegido para engarse de nuestra seguridad y que, en el momento en que más les necesitamos, nos han dado una puñalada trapera y se han vuelto en contra nuestra… esta chusma son como Cifra en “Matrix”, como Fredo en “El Padrino II”, como Bruto en “Julio César”…

Por desgracia para ellos, la diferencia entre estos malos de la vida real y los malos de ficción es que los primeros no son necesarios para contar la historia y no despiertan la simpatía o el cariño de nadie.

Hasta que nos leamos.