El tiempo les dio la razón

ministerio

 

El sueño va sobre el tiempo, flotando como un velero” escribía Lorca y gritaba Camarón. Anoche zarpó otra nave del tiempo, la penúltima, construida ésta por los hermanos Olivares, Anaïs Schaaf, José Ramón Fernández y Paco López Barrio. Capitaneada por el propio Javier Olivares al timón.

Hemos pasado una semana entera leyendo a toda la crítica nacional rendida ante la serie (se hizo un pase previo en Madrid hace días) y esto es raro, por la unanimidad y por lo favorable de los comentarios; en esta semana también hemos podido comprobar cómo TVE anunciaba a bombo y platillo el estreno, lo protegía cambiándolo de día de emisión para evitar a un rival fuerte y le daba al mejor telonero posible en la televisión de este país (un partido de Champions)… por todos lados daba la impresión de que algo estaba cambiando, de que este “Ministerio del tiempo” era algo diferente. Por desgracia, tan altas alabanzas generan también altas expectativas y anoche daba la impresión de jugarse mucho en el primer envite.

La audiencia, sin ser la mejor, fue buena. Hoy en día pocos productos congregan a casi 3 millones de espectadores para el pase de estreno (súmenle los visionados on line a partir de hoy…) y éste lo hizo. Quizás muchos, sus responsables entre ellos, esperasen un poco más (algo lógico a tenor de la calidad de lo visto ayer y de la ilusión con que se estaba recibiendo el producto en los círculos especializados) pero no olvidemos que tratamos con una serie de ciencia ficción, un género minoritario, y que rompe muchos de los esquemas narrativos a los que está acostumbrado el espectador medio patrio. La calidad suele restar público, eso pasa aquí y en todo el mundo; la audiencia de un mentalista multiplica en 5 a la de un breaking bad, por poner un ejemplo… El resultado, en definitiva, fue a mi entender fantástico para ser el producto que es.

Digerido ya el trago del share, podemos hablar de lo interesante: de la serie. Una ficción que muchos han etiquetado rápidamente como un Dr. Who a la española (etiqueta que no gusta a sus creadores) y que a mi me parece mucho más acertado comparar, si es que hay que elegir una ficción inglesa con viajes en el tiempo, con Terry Gilliam y sus enanos ladronzuelos. Pero lo cierto es que “El Ministerio del tiempo” tiene, como todas las grandes series, entidad propia. El concepto es tan innovador, tan simple y llanamente chulo que la sitúa por encima de la media desde su primera secuencia.

Hay mucho que analizar y poco tiempo (¡siempre el tiempo!) para ello. En rápidos titulares decir que el diseño de producción, arte y vestuario resultan muy acertados. Que las interpretaciones de los protagonistas son todas creíbles, cercanas y prometedoras. Fresneda brilla con un personaje muy agradecido y Garrido atrapa con la luz de su inquieta mirada, Sancho baja del trono de Fernando el Católico para construir un convincente hombre de a pie y los secundarios disfrutan de sus personajes-caramelo y hacen disfrutar al espectador con ellos.

De lo que mas me atañe: el guión, el ambiente, el tono y las tramas hablaré más pausadamente: ¡Como se agradece una serie cuyo creador ejerce de productor ejecutivo! Nadie mejor que Olivares sabe qué necesita la serie y eso se refleja en pantalla. Como hace ya tiempo que hicieron los grandes creadores estadounidenses, Olivares renuncia a los corsés de la multitrama para escribir un capítulo orgánico, con una sola historia central salpicada de algún pequeño desarrollo de personajes. El resultado se nota: nada distrae, nada sobra, cada escena es consecuencia de la anterior y causa de la siguiente… Esto, cuando nos dejan, no es tan complicado de hacer.

El espinoso reto de reflejar varias épocas históricas a la vez se supera con nota; no sólo los siglos tienen un aspecto particular y diferenciado unos de otros (el Siglo de Oro es oscuro y dominado por el marrón, el XIX mas luminoso aunque la gente vista de negro, el XVIII tiene la paleta cromática de un cuadro de Goya, etc.) si no que cada personaje es el reflejo del sentimiento de nación existente en ese momento dado de la Historia. Donde Fresneda representa el orgullo patrio y la seguridad en si mismo que da saberse el amo del mundo, Aura Garrido es, como su época, el deseo de dejar atrás lo antiguo y abrazar la modernidad. Rodolfo Sancho, como la España actual, se encuentra descreído de todo y sin ningún motivo de peso para tener fe en la vida o el futuro.

El principal escollo de semejante lío de épocas se intuye en la forma de hablar. Por ahora solo el caballero de Entrerrios tiene marcada una expresividad distinta; entre los demás, si la hay, no se aprecia tanto… A ver que pasa cuando desfilen por las tramas romanos, caballeros medievales y otras faunas mas complicadas de retratar.

Las cuestiones siempre engañosas de los saltos temporales (y sus terribles consecuencias) están bien construidas o, en su defecto, bien maquilladas. A primer visionado nada chirría ni se ve mentido con calzador, y cuando algo pudiera empezar a oler un poco mal saben tirar de humor para autojustificarse (genial el running gag de Terminator). Luego, ya en la tranquilidad de la cama, uno se da cuenta de que para que los personajes vuelvan a dormir cada noche a su tiempo debería existir una puerta para cada día de la Historia, o que es mucha casualidad que los malos descubran un portal que vaya a dar justamente a la posada en la que se aloja “El Empecinado”… Pero son McGuffins que todos usamos y que se perdonan tanto o más que a otras ficciones de viajeros temporales.

Lo mejor, en mi opinión, de la serie es la innegable sensación que deja de tratarse de un producto 100% español. La historia, los personajes, sus reacciones y forma de encarar este peculiar trabajo son nuestros, muy nuestros. Ya no solo los chistes sobre recortes de sueldo sino la actitud misma ante la vida de los personajes son las de un español y no colarían con un sueco, un canadiense ni un italiano. Los autores se permiten, incluso, el lujo de refrendarlo a viva voz en un par de ocasiones (impagable ese: “¿El plan? Somos españoles… improvisemos”). Al terminar el capítulo de anoche, me quedé con la misma sensación que debe tener un británico ante su “Sherlock” o “Dowton Abbey”, con el mismo cuerpo que un norteamericano que acaba de ver “The Sopranos”: que había presenciado un producto con denominación de origen, algo intrínsecamente mío. Eso, hablando de una serie de high concept con este nivel es para sentirse francamente orgullosos.

“El Ministerio del tiempo” es la consecuencia lógica de la trayectoria de Javier Olivares. Un historiador metido a guionista que acaba haciendo divulgación histórica a base de entretenidos productos de ficción. Las cosas, cuando salen del corazón, de las tripas o de ambas, suelen ser auténticas y “El Ministerio…” lo es.

Por desgracia, también es otra cosa: “El Ministerio del Tiempo” supone el testamento de Pablo Olivares. Un hombre talentoso que nos dejó demasiado pronto y, a juzgar por lo visto ayer, en la cumbre de su carrera. Como todo testamento, tiene un punto triste; pero en este caso lo que Pablo nos lega es todo un regalo: la muestra de que la ficción televisiva española puede brillar con la misma intensidad que la de cualquier otro país, que por fin ha alcanzado el punto de madurez suficiente como para tomarse en serio a sí misma y a su público y ofrecer series bien equilibradas entre el producto de entretenimiento y la obra de arte.

¡Y llega justo a tiempo!

 

Hasta que nos leamos.