La ley del spoiler

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El diablo, Drácula, Darth Vader, Monty Burns… la humanidad siempre ha tenido terribles archienemigos, seres hechos de pura maldad cuya mera mención sirve para atormentarnos e inundar nuestras noches de pesadillas. El último en unirse a esta interminable lista es el ¡¡SPOILER!!

A estas alturas casi todo el mundo se ha comido un spoiler al menos una vez en la vida. Y es que esto de reventarle el final de una historia al prójimo es algo viejo, sólo que ahora está viviendo una segunda juventud. El spoiler de toda la vida tenía algo bueno y es que, como Paquirrín o Leticia Sabater, era de corto alcance… uno podía joderle la marrana a un amigo o un familiar en una conversación, como mucho podía soltarlo en medio de una cena y que el radio de acción de la bomba afectara a cuatro o cinco personas, poco más. Además, el spoiler vivía de forma parasitaria en un tipo concreto de personas, creando una relación simbiótica muy particular. Para soltar un spoiler había que ser muy consciente de ello; el personajillo que lo hacía tenía un cariz de mala baba, de gracioso sin gracia, de rencoroso que te tenía una guardada desde hace tiempo. Eso si, el spoiler marcaba a su hacedor con una letra escarlata que lo identificaba como un apestado social, como alguien al que mantener a cierta distancia prudencial… esto es así. De hecho, cada vez que vayáis al cine y veáis a alguien que acude a ver la película sin compañía, no penséis: “que tipo tan sofisticado, no le importa ir al cine solo”, pensad mejor: “cuidado con ese, seguro que el hijoputa le contó el final de El sexto sentido a todo el que pudo”.

Bueno, estaban los cabritos y luego estaba Homer…

Pero el asunto de los spoilers se volvió incontrolable de la mano de Internet y las redes sociales. Lo que antes era un graciosete más o menos manejable se convirtió en una legión de blogers, trolls, haters e hijosputa varios dispuesto a reventar cualquier hito importante de toda peli, serie, libro, cómic, etc. Amén de los Homers de la vida que no se enteran de que sus cuentas de facebook, twitter o instagram son ventanas abiertas al mundo.

Y con la era virtual llegaron varios problemas más:

En primer lugar, la atemporalidad. El spoiler se convierte en algo capaz de sobrevivir hasta el fin de los tiempos. Si alguien quiere, en este 2014, informarse sobre “The Sopranos” para ver si realmente merece tanto la pena ver la serie es fácil que simplemente mirando un poco en google se cruce con una pista o crítica feroz sobre el final de la historia… Si, tío, aquello te traumatizó ¡Pero sé un hombre y supéralo en lugar de joderle 86 maravillosos episodios al prójimo!

En segundo lugar el alcance. Uno ya no puede contener el spoiler avisando a sus amigos o no leyendo a sus conocidos; cualquier “me gusta”, retweet o mención puede hacer que un tipo de arkansas al que no conoces de nada te reviente tu serie favorita. Ante esto sólo puede ponerse un remedio, la abstinencia total de las redes sociales… y la verdad es que, con lo enganchadetes que estamos, eso es algo chungo de lograr.

También está el tema del postureo. Spoilear se convierte en una forma de conseguir notoriedad, es como escribir en tinta invisible: “Yo ya lo he visto, sé lo que pasa… y tú no”. Se establecen dos categorías: el spoileador y el spoileado (aka vencedor y vencido) y se crea una escalada de violencia revienta finales, una guerra preventiva de la información en la que la máxima es “cuenta antes de que te cuenten”.

Otro problema añadido es el “ingenio colectivo”. Las redes sociales generan en nuestro interior la necesidad de demostrar al mundo lo graciosos o creativos que somos, así que si sucede un acontecimiento en una de las ficciones de moda se genera un terreno propicio para que nos luzcamos. Aquí es cuando comienzan a aparecer los comentarios irónicos y con segundas o los juegos de palabras sobre el spoiler (ese mencionar sin decir tan dañino); para mi los que hacen esto son los “calienta braguetas” de la red, te ponen tontorrón pero al final te dejan a dos velas… ¡Si vas a spoilear, por lo menos ten la vergüenza de ir de frente, macho!

El colmo del asunto: que la propia cadena spoilee a sus seguidores.

El colmo del asunto: que la propia cadena spoilee a sus seguidores.

Mención aparte merece cuando comienzan a aparecer memes, fotomontajes, vídeos, parodias y demás sandeces que proliferan a la misma velocidad que los hinchas del Atlético en este 2014… Seamos sinceros, el video de reacciones de la boda roja era muy gracioso y ocurrente, si, ¡Pero por el cristal de la ventana se reflejaba todo el puñetero episodio! No os dejéis engañar, este tipo de creaciones son también spoiler, nacen bajo el influjo del spoiler y deben ser tratado como spoiler. 

Y tampoco nos libramos de esto los profesionales, pobres ilusos que nos creemos por encima del bien y del mal y nos ungimos injustamente con la autoridad suficiente para, con la excusa de explicar o analizar un guión, destripar la peli de turno en un acto cruel que nos asemeja más a Jack El Destripador dándose un baño de vísceras en Whitechapel que a un bien intencionado docente… ¡Spoiler también! Yo mismo lo he hecho aquí, aquí o aquí y confieso que por las noches no logro conciliar el sueño acosado por la gravedad de mis crímenes.

Seguramente habrá quien defienda su libertad de expresión en internet, su derecho a hablar con quien quiera y de lo que quiera por las redes sociales. Estos librepensadores argumentarán que el spoiler es culpa del descuidado que lo lee/oye y no del desalmado que lo escribe/cuenta… pero vaya, que ese argumento tiene el mismo peso que el de un miembro de la Asociación Nacional de Rifle soltando aquello de: “Las armas no matan, matan las personas”… ¡Tequieiporahíya! Los spoilers matan y punto; matan las ilusiones, que es el crimen más horrendo de todos.

Y por si os lo estáis preguntando: no, no vale con avisar antes con la típica foto de Sheldon Cooper diciendo “alerta spoiler”… eso es tan cínico como el “fumar mata” de los paquetes de tabaco. Si mata, no lo hagas.

Por todas estas razones y otras cuantas que seguramente se me escapen, creo que ha llegado la hora de promulgar la ley del spoiler. ¡Que ningún otro final reventado quede sin castigar; no más listillos que saben cómo acaban “los juegos del hambre” sueltos por la calle; que nuestros hijos se críen en un mundo en el que nadie les cuente la verdadera identidad de Keyser Soze!

Muchos me tildarán de loco, pero yo os animo a pensar en el castigo propicio para los spoileadores: desde un mes llevando cepo a obligarles a escuchar la discografía completa de Pitingo… nada sería demasiado cruel para ellos. Vuestras propuestas serán más que bien recibidas en los comentarios de este post.

Y sobre todo ¡No os relajéis! Hoy mismo está la red infectada de spoilers sobre el último giro inesperado en “Juego de tronos”… esto no acaba nunca. Yo, afortunadamente, he leído todos los libros y sé lo que pasa… pero no hay derecho a que la gente no pueda pasearse tranquilamente por twitter sin que algún cabrón le descubra que los dragones han descuartizado a Daenerys en un ataque de locura.

 

Hasta que nos leamos.

De pavos reales, franquicias, remakes y otras cuestiones

La siguiente entrada habla de la seducción y la importancia de ésta en la industria audiovisual. Para ilustrarla mejor he incluido algunos ejemplos del vil arte del ligoteo, apoyados todos en mis vivencias como espécimen masculino dotado de una grave torpeza para relacionarse con el género femenino. Por favor, sean clementes y traten de contener la risa.

El gran (por alto) Eduardo Prádanos me descubrió el razonamiento que hoy comparto con vosotros, vaya por delante mi agradecimiento. Fue hace cosa de un mes, mientras disfrutábamos de las dos únicas cervezas que logramos rescatar (hay que ver cómo priva la gente si es gratis…) durante el cóctel que siguió al III Congreso de #ActitudSocial. En un momento de la conversación, Eduardo dijo algo así como: “La batalla de hoy día no es por los anunciantes ni por la audiencia, es por la atención de la gente”. Cuanta razón, oiga.

Si nos paramos a pensar en la cantidad de ofertas de entretenimiento que nos llegan cada día, la cifra puede hasta marear:

Decenas de cadenas de TV con decenas de programas cada una.

Series y películas para pasar una vida entera  sentado en un sillón sin hacer otra cosa que consumirlas.

Cientos de miles de páginas web y blogs con contenido específico para satisfacer la más extraña de las aficiones.

Universos propios como Youtube o Twitter capaces de hacer que el internauta se pierda por una vórtice digital para no volver nunca (esto es en serio, cuantas veces has entrado en el portal de vídeos buscando unas polémicas declaraciones de tal político y has acabado viendo vídeos de teletiendas japonesas…).

El fondo musical y literario de toda la humanidad al alcance de un solo clic.

Miles de marcas comerciales ofreciéndonos contenidos brillantes relacionados de una u otra forma con su producto (con la sana intención de vender, claro está, pero entreteniéndonos por el camino).

Cientos de personas tratando de que veas su última webserie, leas su ingeniosa crítica de la nueva peli de Almodóvar o Haneke, admires las fotos de lo que se está comiendo, etc.

Y para colmo, si todo esto fuera poco, la tecnología nos permite hacer casi cualquiera de estas cosas por nosotros mismos y emplear todo nuestro tiempo en lograr terminarlo y en promocionarlo al mundo exterior.

Con este panorama tan saturado no es raro llegar a la conclusión anterior. Efectivamente, la gran pelea está en conseguir sacar la cabeza de entre toda la competencia y gritar a pleno pulmón: “¡Hola, estoy aquí… mira lo que tengo para ti!”. Como cuando un chico intenta ligar en una discoteca abarrotada de gente, lo realmente difícil es lograr que la chica (el consumidor, en nuestro caso) se fije en él y no en cualquier otro, quizá más guapo, más listo o más atrevido.

** Una aclaración, se aconseja no tratar de ligar en una discoteca diciéndole a una chica: “¡Hola, estoy aquí… mira lo que tengo para ti!”, porque lo más fácil es que te lleves una buena hostia.

Para llamar la atención hay que diferenciarse del resto de algún modo.

Para llamar la atención hay que diferenciarse del resto de algún modo.

La Naturaleza, en su infinita sabiduría, ha otorgado a los animales el don del cortejo como forma clara de llamar la atención del sexo contrario y poder ser el macho elegido para la procreación; hablamos de ese pavo real extendiendo su vistosa cola o del ave del paraíso con su gracioso bailoteo… Muchas veces se trata más de las formas que del contenido, y la industria audiovisual lo ha copiado a la perfección.

Una vez tenemos esto claro, comenzamos a entender la tendencia dominante en la industria del ocio de masas durante los últimos 15 años. Con la llegada del nuevo milenio vimos como las carteleras de cine, las parrillas televisivas y las estanterías de las librerías se llenaban de adaptaciones, remakes, trilogías alargadas en exceso, precuelas, secuelas, biopics y toda clase de material que se basa de alguna manera en una obra anterior.

Porque sigue sucediendo lo mismo que cuando el chaval consigue ligar en la discoteca. Para el común de los mortales no es algo que suceda cada sábado por la noche (tener un éxito habitual en eso, como en la TV y en el cine, está reservado a pocos) y cuando uno lo logra intenta aprovechar al máximo su éxito provocando una segunda, tercera o cuarta cita… hasta que o bien la chica se aburre o bien se enamora de ti. Exactamente las mismas dos cosas que ocurren en la industria del ocio: que el consumidor se harta de tu producto o se hace fan de él.

De ahí se entiende que decidiesen convertir una obra redonda y perfectamente acabada como “Matrix” en una deslucida trilogía; que Hollywood se volcase con enfermiza devoción a adaptar cualquier comic de éxito, por freak y minoritario que fuese su público original; que opten por estirar el chicle y convertir la última entrega de sagas, ya de por si largas, como “Crepúsculo” o “Harry Potter” en dos películas distintas; o que se haya multiplicado el interés por adaptar al mercado internacional series y películas locales (Desde “Abre los ojos”, “Rec” o “Funny games” a “Forbrydelsen” y “Hatufim”). Porque está claro que en la carrera por captar el interés de la audiencia cualquier mínima ventaja es clave, y contar de partida con una base de fans incondicionales o una buena reputación es una prerrogativa importante. No es lo mismo vender de la nada a hacerlo sabiendo que arrancas con un público cautivo numeroso o que cuentas con el slogan de “el thriller que ha arrasado en media Europa”.

Hacer una película y que sea un éxito es disparar a una diana con una sola bala en la recámara, y que tu producto sea conocido de antemano hace que esa diana sea mucho más grande. Como productor, da menos vértigo gastarse cientos de millones de euros en una película si ésta se llama “X Men” y tiene a sus espaldas a millares de fans de los comics en todo el mundo. Una vez has acertado está claro el camino a seguir ¿Para qué apostar por una idea nueva sin garantías cuando puedes seguir sacándole jugo a la que ya ha conseguido llamar la atención de la gente?. Ahí es cuando llegan “X Men 2” y “X Men: the last stand” y se demuestra que es más fácil tener éxito con una franquicia conocida aunque la calidad, como en el caso de la última película, baje notablemente. Y si sucede esto, tampoco pasa nada… se vuelve a empezar de nuevo y todo arreglado, como el caso de “X Men: first class”. Porque lo importante una vez se ha atrapado al espectador es no soltarlo bajo ningún concepto.

Ciudado con esta última máxima, porque llevada al terreno de las relaciones amorosas suele acabar en denuncias por secuestro y acoso, os lo aseguro…

La franquicia sigue viva y con pelliculas por estrenar.

La franquicia sigue viva y con pelliculas por estrenar.

Cuantas veces no hemos despotricado todos sobre la falta de ideas y el conservadurismo de la industria audiovisual. Cuantos no hemos puesto el grito en el cielo al comprobar que Hollywood se decidía por hacer un remake de “Evil dead”, que sin duda adolecerá de toda la magia de la versión original, o que Mediaset apostaba por la versión española de “Entre fantasmas” después de haber comprobado, en primera persona o no, las hostias que se pegaron las adaptaciones de “Cheers”, “Las chicas de oro”. “Life on mars” o “Matrimonio con hijos”. Y la respuesta a este tipo de “locuras” no es que los productores y directivos son lerdos, no. Lo que son es prudentes, quizá en exceso, con los millones de euros que se juegan. Ellos apuestan por llamar nuestra atención y lo cierto es que muchas veces lo consiguen, porque somos bastantes los que vemos estos productos por fidelidad al original o por simple curiosidad. El problema viene a la hora de valorarlos y hablar de ellos (en el caso de las pelis) o de seguir consumiendo (en el de las series)… pero la batalla por la atención la ganan. Por eso a veces elijen un producto que saben que no es tan brillante pero que parte con algo ventaja, por su notoriedad.

Sucede lo mismo que cuando un amigo nos habla de su compañera de oficina la soltera, que no es gran cosa pero que le ha comentado las ganas que tiene de conocer gente nueva… sabemos que probablemente no es la mujer de nuestras vidas, pero le damos una oportunidad y quedamos con ella porque es más fácil partir de ahí, que peleando desde cero en un bareto y medio trompa.

A día de hoy se nos llena la boca hablando de narraciones transmedia como una forma superior de contar historias. Pero si lo analizas desde el punto de vista comercial, una de las gracias del transmedia es precisamente conseguir prolongar en el tiempo la historia. Una vez que tienes la atención de tu público la tratas de mantener introduciéndolo en tu universo, por eso se amplia el campo de juego del usuario, para que pase más tiempo con nuestro producto (o sea, que tenga más citas con nosotros). Por eso también se le invita a ser parte activa de la trama: porque si se trata de conseguir la atención de la audiencia, cuanto más involucrada esté, más interesada… y uno se involucra más participando de algo que siendo un mero espectador.

Y ahora que lo pienso en el ligoteo también hay mucho de transmedia, ya que se mantiene la narración usando distintos canales: una cita cara a cara, un tonteo por whatsapp, conocerse en un chat, compartir alguna foto en su muro de facebook, grabarle una recopilación de canciones (¿Alguien sigue haciendo eso?), etc. son formas de mantener viva la historia saltando de un medio a otro; y además el discurso se adapta a la naturaleza de cada soporte y la coparticipación es absoluta… ¡Mola!

En definitiva, que conseguir llamar atención del espectador para que consuma tu producto audiovisual es de lo más importante y complicado hoy día; hasta tal punto que condiciona muchas de las decisiones y elecciones tanto creativas como de marketing que se toman en esta industria. Ser más conscientes de ello nos ayudará a llevar a buen término nuestros proyectos.

Y si eso no funciona, emborrachadla y decidle cosas bonitas sobre sus ojos…

Hasta que nos leamos.

Antagonistas

villanos

¿Qué sería de una buena película o serie sin su malo de turno? Nuestra ficción occidental es inconcebible si ese malvado que pone en jaque al protagonista de la historia con sus retorcidos planes y sus aviesas intenciones. Estamos tan acostumbrado a ello. que al enfrentarnos a una narración carente de antagonista, ésta se nos suele derrumbar por muy bien construida que esté.

La vida real parece también llenarse últimamente de malos se mire por donde se mire. En este caso se trata de malos de opereta, de los que se mesan el bigote y ríen a carcajadas mientras confiesan su plan al, momentáneamente derrotado, héroe. De estos malos volveremos a hablar más adelante.

Lo que hoy quiero explicar con más detalle es la diferencia entre un buen malo y un mal malo, valga la redundancia. Entre un simple villano y un antagonista. Porque esto es lo que necesita toda gran historia, a alguien que (independientemente de sus inclinaciones morales) se oponga a los intereses del protagonista y le impida conseguir sus objetivos. Ya veremos como en ocasiones el malo es el bueno y viceversa y la trama funciona igual de bien… porque se mantiene la oposición de intereses y, por tanto, el conficto.

Analicemos, por ejemplo, tres productos con cierta semejanza en la ambientación histórica: “Los Tudor”, “Isabel” y “Juego de tronos”.

En la serie española encontramos a antagonistas del corte clásico: personajes como Pacheco y Carrillo son malos hasta la médula, únicamente les mueve su interés personal y su egoísmo, utilizando a quien haga falta para conseguir satisfacerlos. Los guionistas los usan con habilidad, haciéndoles cambiar de bando con frecuencia según los intereses de la trama (Amén de los sucesos históricos documentados) y así consiguen mantener interesado al espectador. Funcionan y gustan, pero no terminan de marcar al televidente.

 

Mucho más interesante resulta el personaje del Rey Enrique, un antagonista básico para Isabel, que está construido con bastantes más matices e incongruencias y, por tanto, resulta un ser humano creíble e interesante. Enrique no lo odia todo ni quiere sembrar el caos en el mundo: simplemente tiene unos intereses que proteger como rey y, para hacerlo, luchará contra quien haga falta. Durante toda la temporada hemos visto a este antagonista no querer entrar en guerra porque supone muerte, hambre y penurias para el pueblo. También le vemos recibir con alegría a sus hermanos, a los que está enfrentado, cada vez que hay un armisticio; o perdonar y aceptar en su corte a nobles que le habían traicionado y humillado, sólo porque le une una amistad de toda la vida con ellos… otros personajes de la serie tildan a Enrique de débil, pero lo que en realidad le sucede es que es humano, y eso le hace grande y le lleva a conectar con el espectador.

En el caso de la producción sobre la dinastía real inglesa, se ocasiona un fenómeno aun más interesante: los guionistas consiguen que los personajes “buenos” tengan malas intenciones y que los “malos” las tengan buenas; y a pesar de ello el seguidor de la serie los continua percibiendo en los roles asignados. El resultado es de una delicadeza y de un realismo que hace que la calidad global de la ficción se multiplique. El ejemplo más claro de esto se da en la rivalidad entre Thomas Moro y Thomas Cromwell.

El primero se nos presenta como alguien bueno porque se opone a la relación ilícita del Rey con Ana Bolena, porque defiende a la autoridad establecida de la Iglesia de Roma y porque se mantiene inflexible en sus convicciones y valores. Esto está muy bien, pero la realidad demuestra que en cuanto llega al poder, Moro no duda en quemar a cuanto “infiel” encuentra en su camino sólo por el hecho de pensar de forma distinta a la suya y si tenemos en cuenta que la Iglesia que él defiende estaba corrupta, viciada y podrida hasta la médula sus motivos no parecen ya tan buenos.

En frente suya está Cromwell, presentado como un malvado intrigante que asciende en el poder a costa de otros y que susurra chismes al oído del Rey para satisfacer sus intereses. Al tipo se le coge una tirria casi inmediata (gracias también al gran trabajo de interpretación) pero en realidad, analizando su postura se puede empatizar con él perfectamente: lucha por una Iglesia más justa y pura, pegada a los intereses del pueblo y sin privilegios; además encarna el ejemplo de que naciendo pobre se puede llegar a lo más alto con trabajo y talento, y tiene una visión moderna de lo que será el mundo a partir de esos días (El comienzo de la Edad Moderna).

Al final ninguno de los dos son buenos ni malos, sólo personas con intereses enfrentados y de ahí nace el conflicto.

En “Juego de tronos” se mantiene está tónica, aunque aumentada por la riqueza del diseño de personajes y el elevado número de los mismos. Los hay eminentemente buenos, como Tyrion Lanister, pero que se ven obligados a luchar en el bando de los malos por motivos superiores (En su caso la fidelidad a la familia)… los hay buenos por su carisma y su alineación, caso del Rey Robert, pero nefastos por sus actos (Infiel, borracho, mal gobernante, agresivo, derrochador, etc.).  También los hay que evolucionan de una manera increíble y pasan de malos a buenos o lo contrario. En esta saga cada personaje es un universo de contradicciones y matices capaces de proyectar luz y sombra según el momento concreto. Eso es lo que la hace grande y la ha llevado al éxito; porque en un contexto tan propicio para que cada seguidor se alineé con una determinada casa/familia, no encuentras a nadie que diga: “yo soy de los Stark” o “Yo voy con los Lanister”, “A mi me pierden los Tully” ni “Estoy a muerte con los Baratheon”… a todos nos gustan unos de aquí y otros de allá e, incluso, de los malos puros (Tipo Cersey) nos apiadamos de vez en cuando… si el autor les hace morder demasiado el polvo.

En mi opinión, muchos claros ejemplos de lo que debe ser un antagonista los podemos encontrar en los comics de superhéroes. El hecho de poder estar 40 o 50 años escribiendo una serie y que lo hagan cientos de guionistas distintos acaba por dar una robustez apabullante a los personajes. Y esto, en el caso de los malos es muy de agradecer. Para mi el paradigma es el villano Magneto, y su imposible relación con los X Men. Magneto es el antagonista absoluto del grupo porque tiene una visión completamente opuesta a la de ellos en un mismo asunto. Los mutantes son odiados, temidos y perseguidos por los humanos… hay que definir la forma de relacionarse entre las dos especies: Los X Men abogan por la coexistencia pacífica y Magneto por la imposición a la fuerza. El conflicto está servido y no se solucionará jamás, pues ninguno terminará pensando como el otro. Aún así ambos bandos comparten una preocupación común por los suyos, por protegerlos y por conseguir vivir en paz y seguridad. Magneto tiene buenas intenciones y sus motivos son honrosos, pero sus métodos son los que lo encasillan como malo. De hecho le une una antigua amistad con el Profesor Xavier y, en cierto modo, siempre se necesitarán el uno al otro.

Los seguidores del cómic saben que resulta imposible no enamorarse del personaje y darle la razón en muchos de los conflictos que mantiene con los protagonistas… Así que tened claro que cuando el autor consigue que el lector/espectador se ponga de parte del malo, ya está todo dicho.

Evidentemente, hay malos “totales” que funcionan a la perfección. El Joker es más malo que la quina y punto… está tan bien parido que no hace falta más; como decía el difunto Heath Ledger en “El Caballero Oscuro”: “Soy un agente del caos…” no hay nada que añadir. Parecido caso es el de Darth Vader: un villano tan rotundo en su aspecto y sus actos que no necesita matiz alguno. En esta ocasión consiguen dotarlo de dimensión con su pasado y termina dando pie a un final redentor para él. Curiosamente, ello se vuelve en contra de los creadores al plantear la trilogía precuela: lo habían hecho tan malo que ahora justificar esa conversión al lado oscuro tenía el listón demasiado alto… lamentablemente para nosotros, no lo consiguieron.

También está la figura del “malo bueno” que se da en muchas películas y que convierte, por extensión, a una figura del bien en su antagonista. Estamos hablando de películas como “Perdición”, “El gran Carnaval”, “Reservoir Dogs”, “Tarde de perros” o “Hannibal” en las que el protagonista es un delincuente o un tipo amoral y por tanto su opuesto es la ley y la justicia. Afortunadamente los Wilders, Tarantinos, Lumets y Scotts del mundo son buenos en su oficio y suelen conseguir que nos encariñemos con semejantes bastardos y que la cosa funcione bastante bien.

A diferencia del malo, el antagonista aparece siempre en un guión, incluso en géneros tan poco propicios como la comedia romántica. Aquí solemos encontrar antagonistas tan buenos como el protagonista, como sucede en “Historias de Filadelfia”, donde el único conflicto entre Cary Grant y James Stewart es estar enamorados de la misma mujer, por lo demás hasta se caen más o menos bien y se comportan el uno con el otro. Si la comedia es más profunda podemos llegar al caso de que el antagonista del protagonista sea el propio protagonistaesto es lo que ocurre en “Annie Hall”, donde el enemigo de Woody Allen en su relación es Woody Allen: sus neuras, manías e inseguridades le impiden ser feliz con su pareja.

Se podría escribir mucho más sobre el tema, pero creo que ya os hacéis una idea clara de lo que quería explicar… Antes de terminar con el post, me gustaría volver a los malos de la vida real: la mayoría de los políticos, los banqueros, los líderes empresariales y sindicales, los mercados, las multinacionales y demás. Estos son los antagonistas de nuestro día a día, los que se oponen a la gente corriente y les impiden alcanzar sus objetivos (vivir dignamente, trabajar, ser felices, etc.). Estos antagonistas son del peor tipo que puede existir: de los traidores a la confianza del prota. Son personas que supuestamente están ahí para ayudarnos y cuidarnos, tipos a los que hemos elegido para engarse de nuestra seguridad y que, en el momento en que más les necesitamos, nos han dado una puñalada trapera y se han vuelto en contra nuestra… esta chusma son como Cifra en “Matrix”, como Fredo en “El Padrino II”, como Bruto en “Julio César”…

Por desgracia para ellos, la diferencia entre estos malos de la vida real y los malos de ficción es que los primeros no son necesarios para contar la historia y no despiertan la simpatía o el cariño de nadie.

Hasta que nos leamos.

Grandes malas actuaciones 2

Seguimos con el post de hace un par de días. Para cerrar este curioso apartado de películas, valgan otros cuatro ejemplos:

 

– Balas sobre Broadway (Bullets over Broadway, 1994)

Iba a ser complicado dejar fuera de esta lista a Woody Allen. El genial cómico newyorkino ha protagonizado en más de una ocasión alguna gran mala actuación (En general, siempre que sus neuróticos e inseguros personajes pretenden hacerse los duros o aparentar delante de una chica o una situación complicada…) pero yo voy a quedarme con el caso de Jennifer Tilly en “Balas sobre Broadway”.

Tilly interpreta a Olive Neal, la joven amante del ganster Nick Valenti. Como quiera que Valenti es el que paga la obra de teatro que está montando el protagonista (David Shayne, interpretado magistralmente por John Cusack) y Olive es bailarina de cabaret… pues ella acaba teniendo un papel en la obra por imposición del mafioso. Esta sencilla trama genera infinidad de gags y problemas al protagonista, muchos de ellos centrados en la incapacidad absoluta de Olive para actuar. Tilly consigue mezclar perfectamente una desagradable voz de pito, con unos andares y poses barriobajeras que sacan de quicio al espectador más benévolo. Ello, sumado a los textos de Allen y a la impertinencia del personaje, dio como resultado un papelón merecedor de la candidatura al Oscar.

 

Agárralo como puedas (The naked gun, 1988)

Como no sólo de falsos malos actores puede vivir esta lista, he decidido incluir algunos ejemplos de otro tipo. Cierto es que son siempre comedias las que nos brindan esta clase de situaciones, pero hay ejemplos de cómo un supuesto tipo corriente mete la pata hasta el fondo cuando se enfrenta al reto de hacer algún tipo de expresión artística.

Este es el caso del sufrido teniente Frank Drebin (el papel que inmortalizó para siempre a Leslie Nielsen), el policía más torpe y desastroso que se ha podido ver en una pantalla de cine. No es obligatorio que los actores sepan cantar, pero casi todos suelen hacerlo más o menos bien. Lo que es menos habitual es que algunos, como Nielsen en este caso, sepan cantar mal tan bien… todo un arte que el actor canadiense supo poner en práctica con brillantez a la hora de interpretar el himno nacional de EE.UU.

 

American Pie 2 (American pie 2, 2001)

Y es que eso de ponerse delante del público es un trago duro para la gente corriente. Y si no que se lo digan al pobre Jim Levenstein (un Jason Biggs jovencísimo y que ya demostraba sus dotes para la comedia) cuando se ve accidentalmente en el escenario del campamento musical y teniendo que tocar el trombón ante decenas de personas. Esta famosa escena de “American Pie 2” nos demuestra cuanto peso recae en ocasiones sobre un actor. Lo que en el guión debía ser una simple frase más o menos como ésta: “Jim toca el trombón y baila ridículamente ante un atónito público”, se convierte gracias a Biggs en 5 minutos repletos de comicidad y uno de los momentos más memorables de la película. 

 

Mentiras arriesgadas (True lies, 1994)

La cinta dirigida por James Cameron (Si, antes de “Titanic” hizo cosas muy chulas…) supone, quizá, la cumbre del género que inmortalizó a Schwarzenegger: La comedia de acción o acción cómica. En la película hay un momento memorable de gran mala actuación y no es otros que el inolvidable striptease de Jaime Lee Curtis. La Curtis no sólo consiguió dejar de ser “la chica graciosa y feucha” que era hasta entonces, sino que logra una actuación impecable en la que pasa de ser un cervatillo asustado y torpe a una pantera en celo en sólo 7 minutos… y para colmo, el baile contiene conflicto (la caída del micro, resuelta de maravilla) y humor (vaya hostia que se pega, la pobre)… Chapeau.

 

Y con esto dejamos el repaso de grandes malas actuaciones. Como siempre, os invito a aportar las que se os ocurran a vosotros.

 

Hasta que nos leamos.

Nazis, nazis y más nazis…

Hoy quiero inaugurar las encuentas del blog. En adelante irán surgiendo temas y preguntas de los más retorcidas pero, como no quiero abrumaros tan pronto con los delirios de mi mente esquizoide, por ser la primera vez vamos a comenzar con un asunto fácil, atractivo y que puede das bastante juego:

Hasta que nos leamos.