El blues de la hora punta

Málaga, un lunes cualquiera camino del trabajo. Ocho de la mañana… A la altura del túnel de Carlos Haya llega el parón: tres carriles repletos de coches inmóviles forman un arcoiris de penitentes metálicos en procesión a ninguna parte. “El cautivo” me viene a la cabeza y sonrío… nunca un nombre fue tan apropiado. Ocho y cuarto

La información del luminoso llega como pájaro de mal agüero: accidente a 5 Kilómetros. Ocho y media… la universitaria de al lado está harta de que le lance miradas cargadas de deseo y vergüenza ¿Seguirá el coche aquí esta noche si aparco y echo a andar?

La gente pierde la paciencia que nunca llegó a tener: cambian de carril como de calcetines; las mujeres tocan el pito, los hombres los cojones. Parachoques que se encuentran con la timidez del primer beso… las nueve.

Llamo al trabajo para decirles que quizá llegue el miércoles.

 

Os dejo con una estupenda canción de The Kinks que da nombre a esta entrada.

Hasta que nos leamos.

LA BESTIA

Este microrelato apareció publicado el pasado domingo 12 de agosto en el Diario SUR de Málaga. Vaya por delante mi agradecimiento a todos los responsables del periódico por elegirlo.

Jonathan estaba paralizado por el desgarrador poderío de la bestia. El tigre que tenía delante suya era la criatura más extraordinaria que jamás hubiera visto. Sin embargo no sentía miedo alguno, sólo atracción.

Quedó impresionado por sus ojos. Ojos que decían claramente: “Aquí mando yo”; esos iris amarillos se le clavaban tan profundamente como lo harían las mortíferas zarpas en cuanto tuvieran ocasión.

Su descomunal tamaño fue lo siguiente que le llamó la atención: una mole de pelo rayado, erguido y noble. El cuerpo transmitía serenidad y quietud pero la boca… ah, su boca. Toda la fuerza del tigre se concentraba entre sus fauces. Los afilados colmillos, la lengua enorme y áspera, la flema que escupía mientras lanzaba al mundo su rugido…

Jonathan también abrió la boca. En su caso, sólo para exclamar – ¡No veh, culega. Zi ha quedao guapízimo! –

El dueño del taller de tunning sonrío satisfecho y extendió la mano – Son tres mil –

Hasta que nos leamos.