Ucronías en series: “Friends”

Me gustaría adjuntar el enlace de un artículo que he escrito en la página “series por el mundo” del portal “Mi zona TV“. Se trata del primero de una sección titulada Ucronías en serie, en la que fantaseo con posibles finales alternativos en las producciones más famosas de la historia de la ficción televisiva.

En esta primera ocasión, se la dedicamos a la mítica comedia de situación de los 90-00 “Friends”. Espero que os guste.

http://seriesporelmundo.mizonatv.com/ucronias-en-series-friends/

Hasta que nos leamos.

 

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Un encuentro muy esperado

Vista ya la decepcionante segunda temporada de “Homeland”, me gustaría pararme un poco para analizar uno de los momentos estrella de la misma. Si bien es cierto que la trama ha tirado con demasiada frecuencia de engaños baratos para conseguir avanzar, no lo es menos que los guionistas han sabido construir un buen puñado de escenas memorables por el camino (cosa que es de agradecer, porque hace mucho menos molestos los intentos de timo antes mencionados).

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El encuentro culminante de la serie

Quizá la mejor de todas estas secuencias llegó en el capítulo 5 de la temporada, con el interrogatorio de Carrie a Brody tras descubrir el video auto inculpatorio que él grabó tiempo atrás. Estamos ante el enfrentamiento que todos los espectadores llevamos esperando 17 episodios, el momento en que por fin los dos protagonistas podrán sentarse frente a frente y hablar con claridad… una enorme responsabilidad a nivel de escritura, de la que los guionistas salen especialmente airosos.

Como en los grandes conciertos, semejante actuación requiere de un telonero; el interrogatorio comienza en manos de Peter, que ejecuta su papel de “poli malo” con eficacia. No sólo consigue empezar a ablandar a Brody mostrándole que tienen el vídeo, sino que cierra su actuación clavándole un puñal en la mano en un simulado ataque de furia… es lo que tienen los teloneros, que deben llamar la atención de su público, sea como sea, en el poco tiempo que les dan.

Así llega el turno de la Mathison. Carrie, que está enamorada de él como una chiquilla; Carrie, que ha llegado a creer que estaba loca por culpa de su obsesión con que Brody era un terrorista; Carrie, que perdió su trabajo por ese mismo motivo; Carrie; que ahora sabe que todo era verdad y que ella tenía razón… Semejante contenedor de ira y frustraciones acumuladas en manos de una enferma inestable hubiera servido para que muchos escritores construyesen una escena repleta de gritos, reproches y amenazas, pero en lugar de eso los guionistas eligen el camino contrario, el de la cordialidad y la superación personal. Una senda larga y tortuosa, pero que resulta mucho más emotiva y creíble a la hora de conseguir que Brody confiese sus crímenes.

Para comenzar, Carrie se va directamente a lo personal y abre su corazón al hombre que ama, le hace saber que la destrozó por dentro y la hizo creer que estaba loca. Esto desarma a Brody por completo, que baja la guardia que había subido tras el ataque de Peter (de hecho, lo muestran con una sutil retirada del brazo herido, que mantenía en alto ante su cara en un gesto mitad protección, mitad denuncia). Comienza entonces un toma y daca, un primer round de contacto en el que Carrie se dedica a soltar reproches personales y Brody a justificarlos. Con sutileza y habilidad, ella va llevando la conversación en un par de ocasiones hasta un terreno profesional, obligándole a repetir que él no llevaba ninguna bomba ni era parte de un intento de atentado al Vicepresidente. El asalto acaba cuando Carrie consigue que Brody le pida perdón por haberle hecho daño emocionalmente y haber jodido su carrera profesional. Victoria para ella.

Brody sabe que están vigilando el interrogatorio.

Brody sabe que están vigilando el interrogatorio.

Este brillante comienzo permite a los guionistas situar a los personajes en planos opuestos: Por un lado tenemos a Carrie, que se ha sacado una espinita personal y además ha conseguido recordar a Brody que entre ellos hay algo más que una relación profesional; ella está en lo alto. Por el otro, Nicholas es por primera vez consciente de que sus actos y decisiones también dañan a otra gente, igual que las decisiones que tomaron aquellos de los que tanto ansía vengarse; él está abajo.

La segunda fase del interrogatorio está destinada a crear empatía entre ambos. Carrie decide que debe acercarse física y emocionalmente a Brody para poder sacarle la verdad. Es ella la que se baja voluntariamente a la altura de su interrogado. Para demostrarle su confianza y tratar de establecer el vinculo entre los dos, apaga todas las cámaras de vigilancia (aunque deja encendido el micrófono sin decirle nada a él), le quita las esposas y le da de beber un poco de agua. Con estos hechos ha roto la barrera física entre ellos (la mesa) y ha podido acercarse a Brody, tocarle y hacer más íntima la situación. Con todos estos gestos los guionistas nos están dejando claro que a continuación los personajes van a entrar en un nuevo nivel de complicidad.

Efectivamente, ahora Carrie pone en juego las experiencias de guerra que los dos tienen en común: han visto el horror de cerca y eso les distancia del resto de la sociedad, a la vez que ejerce ese magnetismo que sienten el uno por el otro; lo quieran o no, se entienden. Ella se preocupa por su estado anímico, quiere saber cómo se siente en su interior y qué hace cuando la gente que no comprendería nada de aquello le pregunta cómo es… Brody se sincera, reconoce que les miente y les dice sólo lo que esperan oír, no la verdad. Ella le tiene donde quería, ahora que reconoce que miente puede tratar de llevarle hacia la confesión; una vez más le introduce con disimulo el tema profesional, pero él se mantiene en sus trece y sigue negando su implicación en el atentado frustrado. Los dos son conscientes de que está mintiendo y Carrie se lo hace saber, logrando que él pierda los estribos: según Brody el mentiroso es el Vicepresidente.

En un inteligente movimiento, los guionistas hacen que Carrie sepa dar para recibir: en lugar de mostrar a una agente de la CIA de pensamiento (a su modo patriótico) talibán, hacen que ella comprenda que tiene una ocasión inmejorable para llegar hasta el fondo del asunto. Al escribir la escena no se plantean que un analista de inteligencia jamás cuestionaría a su superior ni las decisiones de combate de su país, sino que lo ven desde un punto de vista práctico: Carrie hace lo que tiene que hacer para obtener la verdad. Por eso ella reconoce que el Vicepresidente es un monstruo que merece ser castigado por sus crímenes… y que Brody no lo es, porque no detonó la bomba… Ante el silencio del marine, ya sabe cómo debe seguir. Carrie hace comprender a Brody que Abu Nashir también es un monstruo, demasiado parecido al Vicepresidente; que lo está usando para sus propósitos sin importarle el precio que paga Brody ni el dolor que causará. En un emotivo discurso echa por tierra todo lo que él creía bueno y verdadero desde su liberación.

Carrie tiene a Brody a punto de desfallecer.

Carrie tiene a Brody a punto de desfallecer.

A estas alturas Brody es ya un pelele tembloroso que apenas puede contener las lágrimas, pero no lo suficientemente roto como para confesar. Así que Carrie sube la apuesta y se pone completamente a la altura de lo que le está pidiendo a él; si la cosa va de decir verdades, empezará ella: reconoce que le ama y que sería feliz si dejase a su familia por ella. Brody alucina con la confesión, sus dudas son mayores que nunca: si una mujer es capaz de sentir eso por él aun sabiendo todo lo que ha hecho es por algo, es porque aun queda algo bueno en él… pero es demasiado testarudo, lo han entrenado demasiado bien. Ante la invitación de Carrie para que diga la verdad Brody sigue defendiendo su versión de los hechos.

El juego de los guionistas ya está claro: Ante un hombre que ha aguantado 8 años de torturas y vejaciones las amenazas no sirven de nada. Sólo dando sinceridad absoluta se obtiene sinceridad absoluta. La elección concuerda además con el personaje de Carrie, que siempre va a la contra del resto de la CIA, que sigue su instinto más que los datos, que ve los caminos que nadie ve… y como remate, en un tercer plano de complejidad, el ejercicio le sirve a ella como una catarsis personal en la que enfrentarse a sus demonios y a los sentimientos que la han llevado a perder el control.

Carrie sabe que va a ceder más pronto que tarde así que vuelve a elevar la apuesta y saca a relucir a los hijos de Brody. La sola mención del nombre de su pequeña hace que el marine deje caer otra capa más de su barrera, si acaso la penúltima. Ella es consciente de que él hacía lo que hacía por vengar la memoria de un niño inocente (el hijo de Abu Nashir) y por eso sabe que dejar a otros dos niños inocentes huérfanos y traumatizados para el resto de su vida (sus propios hijos) no arreglaría las cosas. Brody es incapaz de negarlo, ni siguiera puede ya articular palabra; simplemente extiende sus brazos y busca con sus manos las de Carrie.

La rendición, mostrada a través de un simple gesto.

La rendición, mostrada a través de un simple gesto.

Y aquí comienza el asalto final. En el momento que ve el gesto, ella comprende que Brody se ha entregado a buscar cobijo y protección: sabe que ya es suyo. Entonces vuelve a la carga y hace, una tras otra, todas las preguntas que Brody se ha negado a contestar durante todo el episodio… sólo que ahora si confiesa.

Con esta parte culmina la escena principal del episodio. Hemos asistido al proceso de desprogramación de un terrorista, pero no con métodos brutales ni con encierros en Guantánamo; hemos visto como se arrancaba una confesión de culpabilidad, pero no con amenazas o palizas, ni poniendo a dos criminales en contra el uno del otro, ni si quiera ofreciendo un trato ventajoso en el juicio (todos estos recursos habituales en cine y TV). Aquí nos lo han servido desde la humanidad, sacando a relucir la compleja maraña de sentimientos que se debe esconder en lo más hondo de todo extremista, más aun en el caso de un personaje tan complejo como Brody. Los guionistas han hecho el trabajo más complicado y han logrado mostrarnos cómo recuperar la humanidad de un monstruo, y lo han conseguido (Carrie lo ha conseguido) desde el amor; porque sólo amando a alguien así puede llegarse al fondo de su alma y lograr traer de vuelta al hombre bueno que se había perdido tras los años de lavado de cerebro y torturas físicas y psicológicas.

Una escena para visionar con el dedo en el botón del pause, para examinar cada gesto y detalle de las interpretaciones, para hacer el ejercicio de ponerse en la piel del personaje y tratar de averiguar qué se siente. En definitiva, una escena de las que a todo guionista nos gustaría escribir.

Hasta que nos leamos!

La siguiente decepción

 

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Da la casualidad de que llevo un tiempo documentándome y escribiendo una historia de serial killers y, como suele ser habitual, devoro todo la ficción de ese subgénero que cae en mis manos para estar un poco más metido en el ambiente, para analizar aciertos y errores, inspirarme, huir de los tópicos, etc. Ello me ha llevado a ver con gran interés “The following”, serie americana que La Sexta ha tenido a bien ofrecernos apenas un par de meses después de su estreno. La velocidad a la hora de traer esta producción (en claro contraste con otras mucho más alabadas… y no miro a nadie… Antena 3 y Juego de tronos… no miro a nadie) y la fuerte campaña de promoción de la cadena, hacían prever que nos encontrábamos ante uno de los posibles nuevos pelotazos en ficción. Lamentablemente, nada que ver con eso. 

“The Following”  parte de una premisa bastante interesante: un malvado e inteligente asesino en serie ha reclutado un ejercito de seguidores en sus años de prisión y ahora los utiliza para llevar a cabo su plan de venganza contra el policía que le atrapó. Aquí tenemos varios elementos atractivos para armar una historia poderosa: por un lado hay un protagonista arrastrado a la acción y que se pasa todo el tiempo jugando a la contra, tratando de evitar los ataques de un enemigo más poderoso y mejor preparado que él. Por el otro, el antagonista es un personaje carismático y de los que deben enamorar al espectador desde el primer capítulo. Y además de esto, se plantea una vuelta de tuerca original al subgénero con la idea de una secta de asesinos, que tiene mucho potencial. 

Desgraciadamente, casi nada en el desarrollo de la trama cumple las expectativas planteadas con esta premisa. Para comenzar, sabemos bien que toda serie basa su éxito y consigue conectar con el público a través de sus personajes, pero los de “The following” carecen por competo de gancho. Ahí tenemos a Ryan Hardy, el protagonista (correctamente interpretado por Kevin Bacon), un ex policía que se dejó media vida tratando de atrapar al malo la primera vez y ahora vive estancado en la desidia. Hardy es el objetivo de la venganza de asesino y se ve obligado a volver a la acción para desbaratar los planes de su antagonista. Este personaje presenta varias características:

Hardy/Bacon se enfrenta a unos asesinos obsesionados con Edgar Allan Poe

Hardy/Bacon se enfrenta a unos asesinos obsesionados con Edgar Allan Poe

 

1) Es un alcohólico depresivo. Este punto, bien utilizado es de un tremendo potencial dramático, pero los guionistas parecen olvidarse de él apenas transcurridos un par de capítulos; si acaso usan su adicción para establecer un punto de conexión con su compañero, Mike Weston, que se da cuenta del problema pero no se lo comunica a los superiores. A partir de ese momento, el viejo Ryan deja atrás de buenas a primeras su adicción a los chupitazos de JaggerMaiester.

2) Hardy tiene una grave deficiencia cardiaca provocada por una puñalada en el corazón que le dio el asesino años atrás. Esto le hace llevar marcapasos y ser una persona bastante más frágil de lo que correspondería a alquilen de su edad y complexión. Una vez tirado a la basura el conflicto interno del protagonista, cabría esperar que fuesen a aprovechar bien este otro conflicto externo… y lo hacen, pero sólo cuando a ellos les conviene y no todo el tiempo, como debería ser. De hecho, cada vez que alguno de los followers se enfrenta a Hardy se las apaña para sacar ventaja de su afección y así poder escapar, sin embargo en otros muchos momentos vemos a Ryan correr, pelear y someterse a situaciones terriblemente estresantes sin que su débil corazón se resienta en absoluto. Poco rigor, por decir algo…

3) Hay una historia de amor con la ex mujer del asesino, con la que tuvo una relación hace años y que él cortó a pesar de amarla. Por ese lado la trama funciona bien; como decía hace poco David Muñoz en este post en el thriller debe existir una conexión personal para el protagonista, y en el caso de “The Following” se produce cuando los seguidores sectarios secuestran al hijo de su líder, o sea el hijo de la mujer que Ryan quiere. Entre los antiguos amantes se crea una relación de amor odio bastante comprensible pero, a mi entender muy poco aprovechada. El torbellino sentimental del triángulo amoroso de los protagonistas (El bueno-el malo-la chica que ha estado con ambos) no luce en ningún momento, es más, cede el protagonismo a un insulso triángulo amoroso entre tres de los asesinos seguidores de Carroll ¡Incomprensible!. La serie seguramente hubiera brillado mucho más con intensas escenas en las que Ryan provocase a Carroll con el hecho de que le robó la esposa o con secuencias en las que ella se enfrentase al psicópata de su ex marido y le restregase a la cara que el policía es mucho más hombre que él, que su hijo le quiere más que a él, que la satisface mucho más en la cama, etc.

El villano pierde gas, y con él toda la serie

El villano pierde gas, y con él toda la serie

Pero si el protagonista hace aguas, el caso del antagonista es todavía peor. Se supone que Joe Carroll es un inteligente y sofisticado profesor de universidad experto en Literatura Romántica que se vuelve loco y comienza a asesinar jovencitas por el trauma de su fracaso como novelista (ojo con ese detonante, que de resultar verosímil entonces estaría el mundo lleno de asesinos en serie). Carroll aprovecha su encierro en prisión para elaborar un intrincado plan que pone en marcha gracias a los cientos de admiradores que se comunican con él y van a verlo a la cárcel; gente desequilibrada y con traumas que son carne de cañón para convertirlos en peleles que se muevan a su antojo.

Todo el sentido de la trama y la razón de ser del plan de Carroll se basa en su increíble magnetismo personal y su capacidad de seducción, es decir que este malo debe molar tanto que a su lado Hanibal Lecter parecería un gris funcionario de Hacienda. Desgraciadamente esto no está conseguido en absoluto, el tal Carroll no desprende nada que atrape al espectador y le haga enamorarse de él; ni la actuación ni los guiones del personaje son lo brillantes que se le suponen… de hecho, los propios guionistas deben ser conscientes de ello y no dejan de incluir forzadas líneas de diálogo en las que los policías recalcan el tremendo magnetismo y la capacidad de influencia de Carroll (como si ha base de repetirlo pudiera acabar siendo verdad). En el mismo momento en que no te crees que ese grupo de desquiciados puedan llegar a matar por veneración hacia el medianía de Carroll, la serie deja de interesarte como espectador.

Pasando la página del diseño de personajes, “The following” tiene otra importante carencia que la hace, cuanto menos, complicada de visionar (que ya no ver, porque me lo tomo como un trabajo práctico): la increíble distancia entre malos y buenos; los primeros son siempre más listos y tienen a su alcance una infinidad de recursos desproporcionada, mientras que los segundos jamás dan pie con bola y se dedican a todo menos a realizar una investigación policial mínimamente decente. Esto, que no deja de ser un recurso de ilusionista, puede utilizarse de vez en cuando para asombrar a tu audiencia o para salir discretamente de un embrollo pero bajo ningún concepto puede volverse la tónica general de resolución de conflictos. Si el villano quiere que no le atrapen debe ser muy listo, porque la policía no es tonta.

Sólo con esta dejadez se entiende que cada dos por tres surja un nuevo acólito de Carroll infiltrado en el lugar más conveniente y en el momento indicado; que a ningún agente del FBI se le pase por la cabeza revisar todas las grabaciones de seguridad de la sala de visitas donde Carroll habló tranquilamente con sus seguidores durante años, para ver quienes son y detenerlos antes de que actúen; que Hardy no recurra a grabar a Carroll puteando a uno de sus ayudantes que se ha dejado atrapar para luego ponérselo a éste y tratar de que reniegue de su líder y les cuente el plan; que en una situación completamente controlada por la policía, los followers huyan con el hijo de Carroll delante de las narices de medio FBI; que ninguno piense en hablar con la abogada de Carroll para descubrir que la tiene amenazada, proporcionarle protección y obligarla a ayudarles a parar al asesino; etc. Tampoco pido polis como los de “The Wire”, pero si algo más competentes que en “Loca academia de policía”. 

Una de la imágenes más promocionadas terminó siendo un mero reclamo para el piloto

Una de la imágenes más promocionadas terminó siendo un mero reclamo para el piloto

 

El verdadero problema con usar este tipo de argucias es que se traspasa la frontera de la lógica tanto y tan menudo, que el espectador comienza a pensar (con cierta razón) que le toman por tonto. Lejana queda ya la máxima de Lubitsch: “deja que el espectador sume 2 y 2… te querrán siempre”. En este caso lo que se intenta es distraerlo para que no sume en absoluto, porque las cuentas no salen. 

En fin, no todo es malo en la serie. A pesar de lo anterior es un producto que se deja ver sin más pretensiones, que siempre incluye un par de giros efectistas que llaman la atención (si uno no profundiza mucho en ellos) y que sabe tirar de clifhanger para enganchar a su audiencia. Realmente está más cerca de una procedimental policiaca que se ve más pendiente del twitter que de la tele, y no hay nada malo en este tipo de productos… siempre que nos lo vendan como lo que es. Porque si algo esta claro en esta nueva edad de oro de la ficción televisiva, es que los espectadores tenemos el morro muy fino y no nos tragamos gato por liebre.

A pesar de todo, reconozco que analizar una serie de este tipo es un ejercicio muy útil y necesario para cualquier guionista. Descubrir los trucos y fallos de trama agudiza el ingenio y te hace ser más exigente con tu propio trabajo. Ahora sólo queda la parte difícil, la de siempre: ser capaz de aplicar lo aprendido en el trabajo propio. Ojalá en el futuro tengáis vosotros la opinión de juzgarlo.

 

Hasta que nos leamos!

Cuando lo blanco era en realidad negro

Estoy a dos episodios de terminar de ver Breaking Bad (Al menos lo que hay emitido hasta la fecha, a falta de los nuevos y últimos 8 capítulos con los que se cerrará la serie).

Lo que viene a continuación es un análisis repleto de spoilers, así que todos los que no la hayáis visto aun ya podéis ir derechitos a la cama, que esto no es para vosotros… y por favor, dejad de perder el tiempo tuiteando “Splash” y poneos al día con esta maravilla de la ficción televisiva.

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Se puede hablar largo y tendido sobre casi todos los aspectos de la serie, desde la realización a las actuaciones pasando por los simbolismos cromáticos o la acertadísima elección del lugar en que se desarrolla. Lo cierto es que breaking bad raya a la perfección en cualquiera de las múltiples facetas que componen una serie de TV, pero si hay algo especialmente comentado y valorado por la crítica y los profesionales del guión es el arco de transformación de su protagonista: Walter White.

Walter White es un tipo con nombre de personalidad secreta de superhéroe creado por Stan Lee (Ya que su nombre y su apellido comienzan con la misma letra, como en su día apuntó acertadamente Raj Koothrappali en un episodio de “The Big Band Theory” y, mucho antes que él, mi buen amigo Ramone), que sin embargo se ha hecho famoso y conquistado el corazón de millones de espectadores por ejemplificar a esas personas normales y corrientes que se vuelven unos auténticos hijos de puta si la vida les empuja un poco a ello.

Durante cinco temporadas hemos disfrutados como cochinos retozando en un charco al ver a Walter pasar de ser un padre de familia bueno, cariñoso, responsable, apocado, poca cosa, con un par de trabajos grises y frustrantes al que le diagnostican un cáncer terminal a convertirse en el mayor cocinero de metaanfetamita del suroeste de EE.UU. con un currículo que incluye asesinatos, robos, extorsiones, blanqueo de dinero, etc. además de terminar siendo un cínico, calculador, frío, manipulador y desalmado ser humano (Si es que se puede uno seguir refiriendo a él como tal).

Retrato robot del alter ego de Walter como camello.

Retrato robot del alter ego de Walter como camello.

Esta impresionante conversión es la que se han ganado fama mundial y ha hecho correr ríos de tinta (¿Es lícito seguir usando esta expresión cuando todos escribimos con ordenador y el único medio que gasta tinta, los periódicos tradicionales, imprime tiradas cada vez más pequeñas?), y es precisamente el aclamado arco de transformación el que me dispongo a analizar; para que nos demos cuenta de que quizás Walter no cambia tanto como creemos y de que, por muy White que nos lo pinten al principio, el personaje ya tenía mucho de black desde el primer episodio. 

Partamos desde la aceptación de que el punto débil del personaje, aquel que hace que se vaya dejando seducir por el lado oscuro, es el orgullo. En un hombre eminentemente bueno, este orgullo se presenta como el único lunar de su personalidad (Entiéndase como defecto importante). Esto es algo que ya queda claro desde el primer episodio de la serie. Como mandan los manuales de guión, el piloto debe contener todos los aspectos fundamentales del tema de la historia y dibujar a sus personajes principales de forma clara y concisa. En el caso de Breaking bad, la primera muestra de orgullo surge cuando Walter decide despedirse del lavadero de coches, harto ya de aguantar los abusos de su cejudo jefe. Ante la perspectiva de que le queden meses de vida, perder un trabajo de mierda con el que complementa su sueldo de profesor se antoja como nimio… y por ello Walter tira de orgullo para mandar al jefe a la mierda a base de groserías y gestos obscenos. En este punto el espectador está conociendo por primera vez al personaje y aplaude satisfecho la única victoria entre enormes derrotas y ejemplos de cómo tragar mierda que supone el primer capítulo. Pero la muestra de orgullo está ahí… como diría mi madre: “Tú siembra, que algo queda”.

La siguiente vez que Walter tira de orgullo si que comprendemos que éste va en contra suya y puede ser su perdición. Me estoy refiriendo al momento en que los que fueron sus socios, millonarios perdidos ellos, se ofrecen a pagar el tratamiento contra el cáncer. Se trata de la ex novia de Walter y de su antiguo mejor amigo. Los tres eran físicos y habían creado una pequeña y prometedora empresa, pero ella se enamora del otro y deja a Walter. Éste, herido en su orgullo les vende su parte de la empresa y decide cambiar de vida (Todo esto explicado en unos sutiles y elegantes falshbacks). Décadas después, la empresita se ha convertido en una gran multinacional que genera miles de millones de beneficio y sus dueños, al enterarse de la enfermedad de Walter deciden que están en deuda con él y que le quieren pagar el mejor tratamiento. El protagonista tiene la oportunidad de abandonar su peligroso y poco fructífero intento de vender drogas de un plumazo, pero el orgullo le domina y rechaza la oferta. No quiere nada de esos dos traidores; él se pagará el tratamiento trabajando, por si mismo.

A partir de aquí, muchos de los puntos de giro de la serie y de los pasos evolutivos de Walter vienen de la mano del orgullo: el orgullo de ver que en las calles se habla de Heisenberg le hace ganar confianza; por orgullo deja morir a la novia de Jesse, que había osado chantajearle, cuando salvándola habría recuperado la confianza y amistad con éste para siempre; el orgullo hace que cocine una meta azul que se identifique con su fórmula y se distinga del resto, aunque sea más fácil de rastrear por la DEA o el cártel; el orgullo que se tiene que tragar admitiendo la mentira del problema con el juego y quedando como un enfermo le hace empezar a odiar a Skyler; el orgullo herido de ver que Jesse es capaz de cocinar una meta casi tan buena como la suya le hace aceptar el trabajo de Gustavo cuando ya se iba a salir del negocio; el orgullo de saberse el mejor le hace creerse imprescindible, volar demasiado alto y terminar enfrentado a Gustavo; estar orgulloso de su trabajo y de lo que gana con él le lleva a comprar coches lujosos a pesar de que sabe que no debe llamar la atención; por orgullo fuerza a Skyler a admitirle en casa de nuevo, provocando que los niños se marchen y convirtiendo su vida personal en un infierno… orgullo, orgullo, orgullo.

"Yo gano". Walter no quiere estar por debajo de nadie.

“Yo gano”. Walter no quiere estar por debajo de nadie.

 

Y así llegamos al último episodio que he visto (06×05) y a la reveladora conversación entre Jesse y Walter. El primero trata de convencer al segundo de que dejen el negocio y vendan la metilamina obteniendo 5 millones por cabeza. Como Walter no parece dispuesto a abandonar, Jesse le recuerda varias cosas que parecen habérsele olvidado: Primero, que se metió a cocinar droga para sacar sólo 700 mil dólares (cifra necesaria para el tratamiento y dejar bien colocada a su familia si moría); segundo y más importante, que se acabarían los riesgos, el miedo, las amenazas y las luchas… por fin lograría la ansiada seguridad para los suyos y podría vivir tranquilo. Ni corto ni perezoso, Walter le confiesa que todo eso ya le da igual, porque lo que planea es construir un imperio de la droga como nunca antes se ha conocido en la zona.

Entonces, a pecho descubierto, es cuando Walter por primera vez en mucho tiempo se sincera con su socio y le cuenta la historia de su antigua empresa, de su ex novia y su amigo jugándosela, de lo gilipollas que se siente cada vez que mira el valor en Bolsa de la compañía y se acuerda que vendió su parte por 5 mil dólares de nada… aflora la verdad y nos damos cuenta de que Walter no lleva 5 temporadas “volviéndose malo”, “Tomando el mal camino” o “echándose a perder” (Significados válidos todos para traducir el título), si no que ya llevaba muchos años podrido por dentro, sólo que esa podredumbre se mantenía latente y escondida, esperando su momento para aflorar.

Se puede afirmar, por tanto, que Breaking bad no es la historia de un hombre bueno que se convierte en malo obligado, en parte, por las circunstancias. Yo más bien definiría la serie así: la historia de cómo un hombre malo se da cuenta de que es malo y abraza por completo su Naturaleza.

Evidentemente, con esto no digo que no haya evolución del personaje o un potente arco de transformación, ni que el título de la serie no responda al paradigma de ésta… ni mucho menos. Sólo recalco que el punto de partida que todos asumimos es, básicamente, erróneo y demasiado bien pensado.

Aún me quedan dos capítulos por ver, e igual los que los conocéis sabéis que hay un cambio drástico que invalida esta teoría… tampoco conocemos el contenido de la tanda final de episodios y cómo acabará todo (Aunque no nos quitamos de la cabeza el genial flashforward que abre la 5ª temporada), así que sólo nos queda relamernos con ganas y seguir rumiando esta brillante historia hasta que Vince Gilligan y los suyos nos regalen el final.

 

Hasta que nos leamos.

No la toques más, que así es la rosa.

  • The Sopranos (1999-2007)  – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2000
  • El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2001
  • A dos metros bajo tierra (2001-2005) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2002
  • The shield (2002-2008) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2003
  • 24  (2001-2010) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie año dramática 2004
  • Nip/Tuk (2003-2010) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2005
  • Lost (2004-2010) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2006
  • Anatomía de Grey (2005-sigue) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2007
  • Mad Men (2007-sigue) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática años 2008, 2009 y 2010
  • Boardwalk empire (2010-sigue) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática año 2011
  • Homeland (2011-sigue) – Ganadora Globo de Oro a la mejor serie dramática años 2012 y 2013

 

El primer post del año 2013 viene de la mano de los primeros grandes premios de la temporada en la industria del cine y la TV. Los Globos de Oro nos dejaron hace unos días un montón de películas, actores y actrices colocados en la parrilla de salida de los Oscar, pero también dejaron claro qué series siguen siendo las más fuertes en la lucha por el éxito televisivo.

Esto me sirve para hacer una reflexión sobre algo que, como guionista, he defendido siempre: las ficciones de corte dramático en televisión deben tener una duración predefinida, cerrada y, a ser posible, de no mucho más de tres temporadas. Y digo de corte dramático porque las series cómicas, fundamentalmente las sit com, se ajustan a otras normas y reglas temporales que las hacen casi inmunes al paso del tiempo. Partamos, como base de lo que quiero explicar, del listado superior en el que se recogen los ganadores de la categoría en lo que llevamos de siglo. Analizándolo nos damos cuenta de que:

1 – El 91% de las series ganadoras (10 de 11) recibieron el galardón en una de sus tres primeras temporadas. La que no, “24”, lo hizo en la cuarta.

2 – Ninguna de ellas (por ahora, ya que algunas continúan en emisión) lo ha vuelto a ganar después de la cuarta temporada. Las que más, han pasado a ser candidatas año tras año, pero sin revalidar los éxitos del comienzo.

3 – La media de duración de estas series es de casi 7 temporadas. Media calculada a la baja, ya que 4 de ellas siguen en emisión y con perspectivas de durar unos años más.

Entre este listado de series se encuentran algunas de las consideradas mejores producciones televisivas de todos los tiempos, ficciones revolucionarias que han marcado a una generación de espectadores y que quedarán en los escritos sobre el medio para siempre. ¿No resulta raro que ninguna de ellas haya sido reconocida como merece en la segunda mitad de su desarrollo argumental? ¿No es de extrañar que, lo que de la nada surgió como una narración exquisita, al madurar con el tiempo no logre los premios que en los difíciles arranques si cosechó? Los más escépticos dirán que los Globos de Oro son una referencia superficial, que el criterio de los votantes puede ser deudor de intereses de la industria o que los críticos participantes se dejan llevar por la novedad y se olvidan rápido de lo que ya conocen bien… todos ellos son criterios válidos y que en cierto modo comparto, pero también creo que detrás de estas estadísticas hay una certeza ineludible que muchos de los que nos dedicamos al oficio de escribir conocemos: No se puede estirar el chicle indefinidamente.

 

La base de Los Soprano era la necesidad de Toni de ayuda psicológica.

La base de Los Soprano era la necesidad de Toni de ayuda psicológica.

Cuando las series se crean y desarrollan, lo hacen sobre una premisa dramática clara. Con el paso de los episodios y las temporadas, llega un momento en que esa premisa debe ser resuelta si o si, para no caer en el tedio de la eternización. A partir de ahí sólo queda usar el vasto bagaje de nuestros personajes en esos años para crear nuevas premisas que sostengan la serie. Puede hacerse y se hace bien, pero casi siempre el producto se resiente de una u otra manera y en parte deja de ser la misma serie. Si el gancho de tu producto es: “Un jefe mafioso sin escrúpulos está tan deprimido por su vida personal que decide ir al psiquiatra” esto se puede desarrollar durante un tiempo x limitado (dependerá de la habilidad de los guionistas y de la paciencia de los productores). De hecho, tras unas temporadas Toni Soprano ya no acude a ver a su doctora, y los problemas que tenía (relación con su madre o su tío, su amigo enfermo, etc.) han desaparecido. La serie continúa a un nivel espectacular, pero ya basada en la angustia vital del personaje y en como su mundo se desmorona a pesar de su empeño por mantenerlo en pie. Pero cuando te preguntan de qué va Los Soprano tú dices: “de un mafioso que va al psiquiatra”… y por eso la premiaron.

Si encima les da por no resolver la premisa, se produce una huida hacia delante que suele derivar en engaños, decepciones y un gran castillo de tramas imposibles que se derrumba en los últimos capítulos para horror de los seguidores… Creo que no hay que decir mucho más para que os venga Lost a la cabeza ¿Verdad?

Otras series decaen por agotamiento de la fórmula. Si bien Aaron Sorkin tiene claro que su serie presidencial tiene el tope de abarcar 2 mandatos y según ello la estructura, tras 8 temporadas escuchando afiladas conversaciones de pasillos entre los miembros del gabinete, los brillantísimos diálogos ya brillan un poco menos y las crisis de comunicación resultan más llevaderas. Como con más de un político patrio, quizá un solo mandato hubiera sido mucho mejor…

Hacia ese mismo abismo se dirigía, en mi opinión, Mad Men tras sus dos primeras temporadas. La tercera constituyó un viaje por la apatía de Don Draper y eso hizo que el interés decreciera exponencialmente. Para mi sorpresa, en la cuarta levantaron el rumbo nuevamente y ahora vuelven a estar en plena forma. El tiempo nos dirá si son capaces de romper la tendencia… quizá por ello sean la única producción que se ha llevado el premio 3 años seguidos (Incluyendo mi odiada tercera temporada).

Las cosas tienen una duración por algo, y ese algo suele ser que se manifiestan en su máximo esplendor en un periodo concreto de tiempo. Las canciones pop duran entre 2 y 5 minutos, los conciertos 2 horitas, las películas de 90 a 120 minutos, las novelas mejor entre 400 y 800 páginas y las series, aunque nadie se preocupe por aplicarlo, de 3 a 4 temporadas de 13 episodios cada una. Evidentemente hay maravillosas excepciones en todos estos campos, pero cuando algo se convierte en norma suele ir cargado de sabiduría…

Con las series también existe una gran excepción a mi teoría y, como no podía ser de otra forma, además se trata de mi favorita de todos los tiempos. Para rizar el rizo, ni siquiera cuenta con un Globo de Oro o nominación alguna… ni falta que le hace. Me estoy refiriendo a la aclamada “The Wire”. En este caso, cada una de las 5 temporadas de la serie están pensadas de antemano por David Simon para reflejar un aspecto concreto de la sociedad y para demostrarnos que todos ellos están perfectamente relacionados e interconectados. La duración es la que es, ni sobra ni falta nada, porque son los peldaños que tiene la escalera a la que debemos subir para lograr la visión de conjunto que quiere transmitirnos el autor… pero claro, es que estamos hablando de algo muy complejo y muy precioso.

El tema da sin duda para mucho más, espero que al menos os haya servido para pensar un poco en ello. Está claro que a productores y cadenas les gusta ganar dinero con un formato seguro; pero si en lugar de ir a lo fácil, confiaran en el talento de los creadores y dejasen que éstos terminen de contar sus historias en el momento preciso, ahora tendrían el doble de series de éxito en sus parrillas… Como decía Juan Ramón Jiménez: ¡No la toques más, que así es la rosa!

 

Hasta que nos leamos.

Antagonistas

villanos

¿Qué sería de una buena película o serie sin su malo de turno? Nuestra ficción occidental es inconcebible si ese malvado que pone en jaque al protagonista de la historia con sus retorcidos planes y sus aviesas intenciones. Estamos tan acostumbrado a ello. que al enfrentarnos a una narración carente de antagonista, ésta se nos suele derrumbar por muy bien construida que esté.

La vida real parece también llenarse últimamente de malos se mire por donde se mire. En este caso se trata de malos de opereta, de los que se mesan el bigote y ríen a carcajadas mientras confiesan su plan al, momentáneamente derrotado, héroe. De estos malos volveremos a hablar más adelante.

Lo que hoy quiero explicar con más detalle es la diferencia entre un buen malo y un mal malo, valga la redundancia. Entre un simple villano y un antagonista. Porque esto es lo que necesita toda gran historia, a alguien que (independientemente de sus inclinaciones morales) se oponga a los intereses del protagonista y le impida conseguir sus objetivos. Ya veremos como en ocasiones el malo es el bueno y viceversa y la trama funciona igual de bien… porque se mantiene la oposición de intereses y, por tanto, el conficto.

Analicemos, por ejemplo, tres productos con cierta semejanza en la ambientación histórica: “Los Tudor”, “Isabel” y “Juego de tronos”.

En la serie española encontramos a antagonistas del corte clásico: personajes como Pacheco y Carrillo son malos hasta la médula, únicamente les mueve su interés personal y su egoísmo, utilizando a quien haga falta para conseguir satisfacerlos. Los guionistas los usan con habilidad, haciéndoles cambiar de bando con frecuencia según los intereses de la trama (Amén de los sucesos históricos documentados) y así consiguen mantener interesado al espectador. Funcionan y gustan, pero no terminan de marcar al televidente.

 

Mucho más interesante resulta el personaje del Rey Enrique, un antagonista básico para Isabel, que está construido con bastantes más matices e incongruencias y, por tanto, resulta un ser humano creíble e interesante. Enrique no lo odia todo ni quiere sembrar el caos en el mundo: simplemente tiene unos intereses que proteger como rey y, para hacerlo, luchará contra quien haga falta. Durante toda la temporada hemos visto a este antagonista no querer entrar en guerra porque supone muerte, hambre y penurias para el pueblo. También le vemos recibir con alegría a sus hermanos, a los que está enfrentado, cada vez que hay un armisticio; o perdonar y aceptar en su corte a nobles que le habían traicionado y humillado, sólo porque le une una amistad de toda la vida con ellos… otros personajes de la serie tildan a Enrique de débil, pero lo que en realidad le sucede es que es humano, y eso le hace grande y le lleva a conectar con el espectador.

En el caso de la producción sobre la dinastía real inglesa, se ocasiona un fenómeno aun más interesante: los guionistas consiguen que los personajes “buenos” tengan malas intenciones y que los “malos” las tengan buenas; y a pesar de ello el seguidor de la serie los continua percibiendo en los roles asignados. El resultado es de una delicadeza y de un realismo que hace que la calidad global de la ficción se multiplique. El ejemplo más claro de esto se da en la rivalidad entre Thomas Moro y Thomas Cromwell.

El primero se nos presenta como alguien bueno porque se opone a la relación ilícita del Rey con Ana Bolena, porque defiende a la autoridad establecida de la Iglesia de Roma y porque se mantiene inflexible en sus convicciones y valores. Esto está muy bien, pero la realidad demuestra que en cuanto llega al poder, Moro no duda en quemar a cuanto “infiel” encuentra en su camino sólo por el hecho de pensar de forma distinta a la suya y si tenemos en cuenta que la Iglesia que él defiende estaba corrupta, viciada y podrida hasta la médula sus motivos no parecen ya tan buenos.

En frente suya está Cromwell, presentado como un malvado intrigante que asciende en el poder a costa de otros y que susurra chismes al oído del Rey para satisfacer sus intereses. Al tipo se le coge una tirria casi inmediata (gracias también al gran trabajo de interpretación) pero en realidad, analizando su postura se puede empatizar con él perfectamente: lucha por una Iglesia más justa y pura, pegada a los intereses del pueblo y sin privilegios; además encarna el ejemplo de que naciendo pobre se puede llegar a lo más alto con trabajo y talento, y tiene una visión moderna de lo que será el mundo a partir de esos días (El comienzo de la Edad Moderna).

Al final ninguno de los dos son buenos ni malos, sólo personas con intereses enfrentados y de ahí nace el conflicto.

En “Juego de tronos” se mantiene está tónica, aunque aumentada por la riqueza del diseño de personajes y el elevado número de los mismos. Los hay eminentemente buenos, como Tyrion Lanister, pero que se ven obligados a luchar en el bando de los malos por motivos superiores (En su caso la fidelidad a la familia)… los hay buenos por su carisma y su alineación, caso del Rey Robert, pero nefastos por sus actos (Infiel, borracho, mal gobernante, agresivo, derrochador, etc.).  También los hay que evolucionan de una manera increíble y pasan de malos a buenos o lo contrario. En esta saga cada personaje es un universo de contradicciones y matices capaces de proyectar luz y sombra según el momento concreto. Eso es lo que la hace grande y la ha llevado al éxito; porque en un contexto tan propicio para que cada seguidor se alineé con una determinada casa/familia, no encuentras a nadie que diga: “yo soy de los Stark” o “Yo voy con los Lanister”, “A mi me pierden los Tully” ni “Estoy a muerte con los Baratheon”… a todos nos gustan unos de aquí y otros de allá e, incluso, de los malos puros (Tipo Cersey) nos apiadamos de vez en cuando… si el autor les hace morder demasiado el polvo.

En mi opinión, muchos claros ejemplos de lo que debe ser un antagonista los podemos encontrar en los comics de superhéroes. El hecho de poder estar 40 o 50 años escribiendo una serie y que lo hagan cientos de guionistas distintos acaba por dar una robustez apabullante a los personajes. Y esto, en el caso de los malos es muy de agradecer. Para mi el paradigma es el villano Magneto, y su imposible relación con los X Men. Magneto es el antagonista absoluto del grupo porque tiene una visión completamente opuesta a la de ellos en un mismo asunto. Los mutantes son odiados, temidos y perseguidos por los humanos… hay que definir la forma de relacionarse entre las dos especies: Los X Men abogan por la coexistencia pacífica y Magneto por la imposición a la fuerza. El conflicto está servido y no se solucionará jamás, pues ninguno terminará pensando como el otro. Aún así ambos bandos comparten una preocupación común por los suyos, por protegerlos y por conseguir vivir en paz y seguridad. Magneto tiene buenas intenciones y sus motivos son honrosos, pero sus métodos son los que lo encasillan como malo. De hecho le une una antigua amistad con el Profesor Xavier y, en cierto modo, siempre se necesitarán el uno al otro.

Los seguidores del cómic saben que resulta imposible no enamorarse del personaje y darle la razón en muchos de los conflictos que mantiene con los protagonistas… Así que tened claro que cuando el autor consigue que el lector/espectador se ponga de parte del malo, ya está todo dicho.

Evidentemente, hay malos “totales” que funcionan a la perfección. El Joker es más malo que la quina y punto… está tan bien parido que no hace falta más; como decía el difunto Heath Ledger en “El Caballero Oscuro”: “Soy un agente del caos…” no hay nada que añadir. Parecido caso es el de Darth Vader: un villano tan rotundo en su aspecto y sus actos que no necesita matiz alguno. En esta ocasión consiguen dotarlo de dimensión con su pasado y termina dando pie a un final redentor para él. Curiosamente, ello se vuelve en contra de los creadores al plantear la trilogía precuela: lo habían hecho tan malo que ahora justificar esa conversión al lado oscuro tenía el listón demasiado alto… lamentablemente para nosotros, no lo consiguieron.

También está la figura del “malo bueno” que se da en muchas películas y que convierte, por extensión, a una figura del bien en su antagonista. Estamos hablando de películas como “Perdición”, “El gran Carnaval”, “Reservoir Dogs”, “Tarde de perros” o “Hannibal” en las que el protagonista es un delincuente o un tipo amoral y por tanto su opuesto es la ley y la justicia. Afortunadamente los Wilders, Tarantinos, Lumets y Scotts del mundo son buenos en su oficio y suelen conseguir que nos encariñemos con semejantes bastardos y que la cosa funcione bastante bien.

A diferencia del malo, el antagonista aparece siempre en un guión, incluso en géneros tan poco propicios como la comedia romántica. Aquí solemos encontrar antagonistas tan buenos como el protagonista, como sucede en “Historias de Filadelfia”, donde el único conflicto entre Cary Grant y James Stewart es estar enamorados de la misma mujer, por lo demás hasta se caen más o menos bien y se comportan el uno con el otro. Si la comedia es más profunda podemos llegar al caso de que el antagonista del protagonista sea el propio protagonistaesto es lo que ocurre en “Annie Hall”, donde el enemigo de Woody Allen en su relación es Woody Allen: sus neuras, manías e inseguridades le impiden ser feliz con su pareja.

Se podría escribir mucho más sobre el tema, pero creo que ya os hacéis una idea clara de lo que quería explicar… Antes de terminar con el post, me gustaría volver a los malos de la vida real: la mayoría de los políticos, los banqueros, los líderes empresariales y sindicales, los mercados, las multinacionales y demás. Estos son los antagonistas de nuestro día a día, los que se oponen a la gente corriente y les impiden alcanzar sus objetivos (vivir dignamente, trabajar, ser felices, etc.). Estos antagonistas son del peor tipo que puede existir: de los traidores a la confianza del prota. Son personas que supuestamente están ahí para ayudarnos y cuidarnos, tipos a los que hemos elegido para engarse de nuestra seguridad y que, en el momento en que más les necesitamos, nos han dado una puñalada trapera y se han vuelto en contra nuestra… esta chusma son como Cifra en “Matrix”, como Fredo en “El Padrino II”, como Bruto en “Julio César”…

Por desgracia para ellos, la diferencia entre estos malos de la vida real y los malos de ficción es que los primeros no son necesarios para contar la historia y no despiertan la simpatía o el cariño de nadie.

Hasta que nos leamos.

La perseverancia de una Reina

Decia Woody Allen en una de sus geniales frases lapidarias, en este caso la  que cerraba la colosal “Misterioso Asesinato en Manhattan”: “Nunca más volveré a decir que la vida no imita al arte”.

En las últimas semanas estamos asistiendo a un curioso ejemplo de cómo el bueno de Woody siempre termina dando en el clavo: me refiero al tremendo paralelismo entre el recorrido dramático de la serie “Isabel y sus andanzas en la más cruenta de las batallas catódicas, la de las audiencias.

La historia basada en la Historia (valga la redundancia) de Isabel la Católica nos cuenta en cada episodio los pactos, luchas, traiciones, alianzas, sobornos e intrigas que suceden en el reino de la Castilla del Siglo XV para ostentar el poder y alcanzar o mantenerse en el trono. Mientras, en estos dos meses parece como si los guionistas de la serie se hubieran aventurado a escribir el devenir de ésta en cuanto a la repercusión entre el público y sus resultados semanales.

La ficción producida por Diagonal TV se estrenó el pasado 11 de septiembre con notable éxito de audiencia. Desde ese primer día la serie se instaló en la comodidad del 20% de SHARE, un auténtico lujo en la televisión de estos días para cualquier tipo de formato; y no se bajó de ahí en sus tres primeras emisiones. La historia de la reina católica era ya la primera gran triunfadora del curso televisivo 2012-1013… hasta que estalló la guerra.

Los grupos de TV privada no estaban dispuestos a cederle a una cada vez más debilitada TVE el reinado de los lunes sin presentar batalla. De todos es sabido que empezar bien la semana, en términos de medición de audiencias, da mucha tranquilidad en los despachos de los altos directivos y por ello el prime time del lunes era una plaza muy codiciada. El grupo Mediaset atacó con una de las poquísimas ficciones nacionales que funcionan dentro de su parrilla: “La que se avecina”; Antena 3 prefirió optar por un espectáculo de entretenimiento familiar que había sido un bombazo sorpresa en el curso anterior: “Tu cara me suena”. Unos pretendían plantar batalla cara a cara y a campo abierto y otros saquear la desguarnecida ciudad mientras ambos ejércitos estaban fuera.

Isabel quería darse un buen banquete de audiencia… y se la terminaron merendando a ella.

 

El resultado de ese primer choque dejó un claro vencedor: “La que se avecina” se disparó hasta el 27´1 de cuota de pantalla y casi 5´5 millones de espectadores. Por detrás y a buena distancia, “Tu cara me suena” lograba el 20´3 de media reuniendo a 3 millones cien mil espectadores (Lastrada esta cifra por su larga duración). La clara derrotada de la noche resultó ser “Isabel que bajaba sus datos hasta el 16´1% de Share aunque retenía a 3´3 millones de seguidores. La reina había sido derrocada, ahora le tocaba a los directivos de la cadena tomar la difícil decisión: Abandonar el reino en búsqueda de otro menos conflictivo  (Entiéndase cambiar el día de emisión) o lamerse las heridas y plantar cara al adversario para tratar de recuperar lo que era suyo, el trono de los lunes.

Finalmente la serie no se movió de su ubicación en parrilla y a la semana siguiente, cuando el humo de la batalla se había disipado las posiciones se mantenían iguales. Eso si, mientras sus enemigos perdían fuerza (bajando al 24% la serie de Telecinco y al 19% el show de Antena 3), “Isabel” lograba mejorar unas décimas su cuota. Casi inapreciable si, pero todo un síntoma.

El tercer embate confirmaba la remontada: La ficción de época medieval escalaba hasta el 18´3% de media, congregando a 3´8 millones de espectadores. Medio millón más que dos semanas antes y casi los mismos que en aquellas lejanas y tranquilas primeras semanas de emisión.

Ayer mismo se conocían los datos de la escaramuza del pasado lunes, en los que “Isabelvuelve a subir hasta el 18´9% de Share y suma 150 mil nuevos fans, que hacen que su ejército de seguidores ya sea de 4 millones. La guerra está más viva que nunca, la gobernante derrocada y vencida ha sido capaz de ponerse en pie y regresar al fragor de la batalla con nuevos bríos ¿Quién sabe si antes de que termine la temporada no vuelve a ser ella quien ocupe el trono?

Este recorrido en paralelo, no sólo se queda en lo relativo a la audiencia,  ya desde que fuese concebida a golpe de tecla, la serie ha estado envuelta en este halo de coincidencias. Si la trama nos presenta a una Isabel de Trastámara encerrada en un Castillo y sometida a la voluntad del consejo de nobles castellanos, quienes tienen que decidir sobre su matrimonio futuro como estrategia política, en la vida real la producción estuvo “encerrada” en la nevera de TVE casi un año por problemas de presupuesto, sometida a la voluntad del consejo de administración del ente y sus riñas políticas… Si la trama nos contaba la muerte del Infante Alfonso, representación del futuro de Castilla, la vida real nos sorprendía con la posible “muerte” de la serie, al no tener forma la productora de acometer una segunda temporada si no se les aclaraba el futuro de la primera…

En poco más de un año de vida, la serie “Isabel” ha estado recluida, ha sido liberada, ha reinado en tiempos de paz, ha visto estallar la guerra, ha sido derrocada, se ha levantado para volver a plantar batalla y está tratando de recuperar su trono… y todo ello gracias a la perseverancia de una reina que nunca se ha dado por vencida.

Como buen guionista, me obsesionan los principios y finales, lo circular de las historias. Por ello, si con una frase de Woody Allen empezábamos, con otra terminaremos. Decía en el film “Maridos y mujeres, unos años antes de la anterior cita, y haciendo gala de todo su cinismo, que: “La vida no imita al arte, imita a la mala televisión”… esta vez me temo, querido Woody, que debo llevarte la contraria, En el caso de “Isabel” la vida imita, si, pero a la buena televisión.

 

Hasta que nos leamos.